Tu vieja manera de vivir tiene que desaparecer

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Lectura: Efesios 4:17-24
Efesios 4:17-19
Así que insisto —y Dios me respalda en esto— en que no sigan dejándose llevar por la multitud, esa multitud insensata y con la mente vacía. Durante tanto tiempo se han negado a reconocer a Dios que han perdido el contacto no solo con Él, sino también con la realidad misma. Ya no pueden pensar con claridad. Han perdido toda sensibilidad y se han entregado a la obsesión sexual, adictos a toda clase de perversión.
Efesios 4:20-24
¡Pero esa no es la vida que ustedes aprendieron de Cristo! Doy por sentado que le han prestado mucha atención y que han sido bien instruidos en la verdad, tal como la encontramos en Jesús. Por lo tanto, ya que no tenemos la excusa de la ignorancia, todo —y quiero decir absolutamente todo— lo relacionado con esa antigua manera de vivir tiene que desaparecer. Está completamente corrompido. ¡Desháganse de ello!
Adopten entonces una manera de vivir completamente nueva: una vida diseñada por Dios, renovada desde el interior y manifestada en su conducta, mientras Dios reproduce fielmente su carácter en ustedes.
¿Qué ocurre cuando regresas al lugar de tu pasado?
Me dijo que iba a orar por mí para que no regresara a mis viejas costumbres, actitudes y formas de hablar y de comportarme.
Eso me dijo una amiga cercana en una llamada telefónica antes de que yo viajara a mi país natal.
Al principio no entendí muy bien lo que intentaba decirme, hasta que comenzó a contarme su propia historia. Fue entonces cuando todo hizo “clic”.
El mes pasado viajé a mi país natal junto a toda mi familia. Desde hacía muchos años queríamos regresar para ver a nuestros familiares y amigos, y para que nuestros hijos conocieran la tierra que nos vio nacer. Una boda fue la mejor excusa para finalmente planear el viaje.
Visitar el lugar que te vio nacer puede traerte nostalgia, sentimientos cálidos y emoción, pero para muchas personas también puede traer dolor, tristeza, soledad o hasta repulsión. Todo depende de cómo fue tu vida allí.
Conozco personas que nunca más quieren regresar a su país natal porque ya no tienen familia allí y volver les recuerda todo lo que sufrieron o perdieron.
Mi amiga, la que me llamó para orar por mí, me dijo que Dios había puesto en su corazón pedir que yo no cayera en la tentación de volver a “mis viejas andanzas”. Aunque ella no conocía mi pasado, sí conocía el suyo.
Ella vive en Texas, pero es de otro estado. Su vida actual es muy distinta de la que llevaba en el lugar donde nació. Sus costumbres, su forma de hablar y hasta sus convicciones son diferentes.
El día en que aceptó a Cristo en su corazón, dejaron de interesarle las cosas que antes le atraían, las que hoy llamaríamos “cosas del mundo”. En su corazón nació un deseo profundo de agradar a Dios en todo: en su forma de hablar, actuar, pensar y hasta sentir.
Una identidad nueva exige una manera de vivir diferente
Cuando venimos a Cristo, Él nos da una identidad nueva. Esto quiere decir que nuestra forma de vivir también tiene que cambiar.
Pero no quiero que te confundas: esto no es una ley que tienes que cumplir para poder ir al cielo. Tampoco se trata de ser “legalista”, juzgar a los demás por sus acciones o condenar su forma de pensar.
Vivir y caminar con Cristo es una relación personal que va creciendo de acuerdo con Su voluntad y con tu decisión de acercarte a Él.
Quiero que recuerdes que, al aceptar a Cristo, Él te adoptó y te escogió, te salvó por Su gracia, te dio vida con Él, te reconcilió con Dios y te hizo miembro de Su familia.
Tu cambio interno no ocurre por causa de la culpa, porque Él ya la eliminó completamente, sino como respuesta de agradecimiento.
El Espíritu Santo es quien produce en nosotras tanto el querer como el hacer. Los cambios en tu forma de pensar no suceden por arte de magia, sino por medio del poder de Dios que actúa en ti.
Por eso, un día te levantas y no entiendes cómo algo que antes te gustaba ya no te gusta, o cómo algo que antes veías como normal ahora te parece ofensivo.
No sigas dejándote llevar por la multitud
Eso es lo que Pablo nos enseña en estos versículos:
Efesios 4:17-19
Así que insisto —y Dios me respalda en esto— en que no sigan dejándose llevar por la multitud, esa multitud insensata y con la mente vacía. Durante tanto tiempo se han negado a reconocer a Dios que han perdido el contacto no solo con Él, sino también con la realidad misma. Ya no pueden pensar con claridad. Han perdido toda sensibilidad y se han entregado a la obsesión sexual, adictos a toda clase de perversión.
Pablo les habla con toda franqueza a los creyentes de Éfeso. Si recuerdas, Éfeso era una ciudad pagana e idólatra, marcada por la inmoralidad sexual y el culto a la diosa Artemisa. Muchos miembros de la iglesia no eran judíos; habían crecido dentro de esa cultura y antes participaban de sus costumbres.
Por eso, Pablo no está describiendo a personas lejanas o desconocidas. Les está recordando a esos creyentes cómo vivían ellos mismos antes de conocer a Cristo.
Lo primero que les dice es que ya no anden como los otros gentiles, que viven en la vanidad de su mente. Es decir, que ya no piensen, decidan, trabajen ni se relacionen como antes.
Puedes tener títulos, una carrera exitosa, una casa bonita y una agenda llena, y aun así vivir espiritualmente confundida y sin propósito.
Puedes repetir con seguridad lo que dicen las redes sociales, seguir lo que todos consideran normal y justificar tus decisiones diciendo: “Esto me hace feliz” o “Esta es mi verdad”, aunque contradiga la Palabra de Dios.
Puedes recibir aplausos por ser productiva, disciplinada e independiente mientras, en realidad, eres esclava de la aprobación, el trabajo, las compras, la apariencia o tus propios deseos. Pablo nos advierte que no todo lo popular es verdadero y que no todo lo aceptado por la sociedad agrada a Dios.
Seguir a Cristo significa dejar de preguntarnos qué hace todo el mundo y comenzar a preguntarnos: ¿Esto refleja verdaderamente el carácter y la voluntad de Dios?
Cómo el pecado se normaliza y comienza a gobernarte
Cuando no caminamos con Cristo y nos entregamos a merced de nuestros deseos carnales, comenzamos a perder la claridad y la sensibilidad.
Pablo nos advierte de esto en el versículo 19:
Han perdido toda sensibilidad y se han entregado a la obsesión sexual, adictos a toda clase de perversión.
Al principio, el pecado incomoda. Después se justifica. Luego se normaliza. Finalmente, se desea cada vez más.
Pablo menciona tres aspectos:
Insensibilidad: ya no sienten vergüenza ni convicción.
Entrega: no solamente caen; deciden abandonarse a sus deseos.
Insatisfacción: siempre necesitan algo más porque el pecado promete satisfacción, pero nunca la produce.
Aunque Pablo menciona particularmente la inmoralidad sexual, el principio no se limita al sexo. También puede verse en la codicia, el orgullo, la mentira, la amargura, la envidia, la búsqueda de aprobación o cualquier deseo que comienza a gobernar la vida.
Tal vez todo comienza con una conversación entre amigas en la que otra mujer cuenta algo privado, y tú sabes que no deberías repetirlo.
Al principio te incomoda participar, pero después lo justificas diciendo: “Solo necesito desahogarme” o “Lo digo para que oremos por ella”.
Con el tiempo, hablar de los demás se vuelve normal. Dejas de sentir convicción y hasta comienzas a buscar cosas nuevas que contar para sentirte incluida, importante o validada.
Pero nunca es suficiente: siempre necesitas otra conversación, otro secreto o la aprobación de otra persona. Así funciona el pecado: primero incomoda, después se disfraza de algo razonable, luego se convierte en costumbre y, finalmente, comienza a gobernarte.
Lo mismo puede suceder con la envidia, la amargura, las compras, las redes sociales o la necesidad de aprobación. Aquello que parecía pequeño termina ocupando un lugar que solamente Dios debería tener.
¿Conoces de Cristo o conoces a Cristo?
Mira lo que dicen los versículos 20-21:
¡Pero esa no es la vida que ustedes aprendieron de Cristo! Doy por sentado que le han prestado mucha atención y que han sido bien instruidos en la verdad, tal como la encontramos en Jesús.
¿Conoces de Cristo o conoces a Cristo?
Porque son dos cosas muy diferentes.
El cristianismo no consiste simplemente en conocer ciertas reglas, memorizar versículos o adoptar una moral religiosa. Consiste en conocer a una Persona, ser enseñada por Él y permitir que Su verdad transforme tu vida.
“La verdad está en Jesús” significa que Jesús no es una voz más entre muchas. Él constituye el estándar por el cual evaluamos:
Lo que creemos.
Lo que la cultura normaliza.
Lo que nuestro corazón desea.
Lo que consideramos correcto.
La forma en que debemos vivir.
Si lo que pienso, deseo o hago contradice a Jesús, no es Jesús quien debe adaptarse a mí.
Soy yo quien necesita ser transformada.
Tu vieja manera de vivir tiene que desaparecer
Si conoces a Cristo, tu vieja manera de vivir tiene que desaparecer. Mira el versículo 22:
Por lo tanto, ya que no tenemos la excusa de la ignorancia, todo —y quiero decir absolutamente todo— lo relacionado con esa antigua manera de vivir tiene que desaparecer. Está completamente corrompido. ¡Desháganse de ello!
Ya no puedes decir: “Es que yo no sabía esto”. Si conoces a Cristo, no es solo porque te hablaron de Él, sino porque todos los días pasas tiempo con Él en Su Palabra. Si conoces Su Palabra, conoces Su carácter; y si conoces Su carácter, entonces conoces Su forma de hablar, pensar, sentir y conducirse.
Si sabes que debes imitarlo y no lo haces, entonces debes preguntarte: ¿realmente lo conozco?
Quiero ser 100 % honesta contigo. Durante muchos años fui seguidora de reglas. Acataba las normas de mi iglesia sobre cómo vestirme, cómo hablar y cómo relacionarme con los demás solamente para ser aceptada por los líderes y superiores.
Después crecí y conocí el mundo. El mundo me hizo ojitos y comenzó a transformar mi mente. Entonces vi todas aquellas reglas que seguía como legalistas, ridículas y absurdas, y dije: “¡No más! No voy a seguir esclavizada a la religión”.
Me fui de la iglesia y dije que jamás regresaría a una iglesia así.
Pero el problema no era la iglesia. El problema no eran las personas. El problema era yo, era mi corazón. Mi corazón no había sido transformado porque yo conocía de Jesús, pero no conocía a Jesús.
Iba a todas las reuniones, memorizaba versículos, servía en el coro y escuchaba todas las prédicas. Pero nunca tuve realmente una sesión de tú a tú con Jesús. Sabía muchas cosas de Él, pero no tenía una relación cercana e íntima, de esas en las que conocen todo lo que piensas, cómo actúas, cómo te sientes y hasta completan tus oraciones.
Yo no había dejado entrar realmente a Dios en mi vida. Lo había convertido en un accesorio que me permitía ser aceptada por los demás, pero no le había cedido el control de mi ser.
Dios te transforma desde adentro
Eso es lo que Pablo describe en los versículos 23-24:
Adopten entonces una manera de vivir completamente nueva: una vida diseñada por Dios, renovada desde el interior y manifestada en su conducta, mientras Dios reproduce fielmente su carácter en ustedes.
No se trata de cumplir reglas porque “el pastor dice”, porque “la hermana me va a quedar viendo mal” o por el “qué dirán”. La conducta no cambia verdaderamente si tu interior no se transforma.
Dios hace el cambio desde adentro para que esa transformación se manifieste en tu conducta y en tus propios deseos.
No se trata de dejar de beber cuando estás con la gente de la iglesia porque te van a regañar.
Se trata de que dejes de beber porque Dios te ha hablado personalmente y te ha dicho: “Mi niña, esto no te está aportando nada. Te está destruyendo y estás dañando lo precioso que Yo he creado. Déjalo”.
No se trata de escuchar solamente música cristiana porque eres una “aleluya” y temes lo que dirán las hermanas si se enteran de que escuchas reguetón.
Se trata de reconocer que eres mamá de hijos varones y que ellos te escuchan reproducir letras de canciones que hablan de usar y desechar a las mujeres como si fueran trapos viejos. Pueden llegar a normalizar ese comportamiento, crecer y convertirse en hombres incapaces de comprometerse y serle fieles a una mujer porque durante toda su vida creyeron que usarlas era normal. Sí, yo sé que la música no es el único componente que forma una personalidad, pero sí aporta.
En resumen, no se trata de seguir todas las reglas porque alguien más te está viendo. Dios es quien produce el cambio en nosotras. Él es quien, a medida que lo conocemos más, transforma nuestra forma de pensar. No lo hace a la fuerza, por culpa ni por obligación, sino mediante una convicción personal.
Amiga, mi oración de hoy es que conozcas tan, pero tan bien a Cristo, que tu vieja manera de vivir desaparezca y comiences a vivir la vida transformada que Él diseñó para ti. Porque solamente en esa vida encontrarás plenitud, paz y propósito.
Oración
Oremos.
Padre Celestial, gracias por tu amor infinito y tu paciencia. Tú nos conoces mejor que nosotras mismas. Sabes cada pensamiento, emoción, frustración, ansiedad, tristeza, y deseo. No queremos dejarnos llevar por pensamientos engañosos, ni falsas esperanzas, ni las promesas vacías que nos da el mundo. Queremos ser transformadas por dentro, completamente por ti, por tu poder, por tu palabra. Queremos conocerte cada día un poco más y agradarte en todo lo que decimos, lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Ábrenos los espacios en nuestro día para sentarnos contigo y aprender de ti. Cambia dentro de nosotros lo que no te agrade y danos nuevos deseos, nuevas aspiraciones y nueva energía para llevarlos acabo. En el nombre de Jesús, amén.
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