¿Sientes que no eres suficiente? Descubre tu identidad en Cristo
- Melissa Fortín

- 3 days ago
- 8 min read

Lunes 3 de agosto de 2026
Lectura: Juan 1:12; Efesios 1:5; Efesios 2:19; Romanos 8:17 y Romanos 8:37
“Yo no soy buena para…”
Completa la oración. ¿Para qué NO eres buena?
A quienes somos emprendedores y brindamos servicios nos enseñan, en las mentorías y programas de coaching, a crear un “pitch de elevador”. Este debe durar solo unos cuantos segundos y explicar exactamente quiénes somos, qué hacemos y a quiénes ayudamos.
Te soy sincera: nunca fui buena creando un pitch de elevador. Siempre me sentí insegura de lo que decía y creo que la gente percibía esa inseguridad.
¿Te acuerdas de mi amiga Fernanda, la que me ayudó a realizar un evento cuando mi negocio estaba cayendo en picada? Se suponía que ese evento sería una charla gratuita para mujeres, en la que al final conseguiría algunas clientas.
Y sí, conseguí algunas. Sin embargo, cuando hice una encuesta al final, una de mis buenas amigas me dio un consejo:
“Tienes que mejorar la parte de las ventas. No convenciste a mis amigas y ellas querían tus servicios.”
Eso era todo lo que necesitaba escuchar para confirmar lo que ya pensaba: “Yo no soy buena para vender”.
Y con ese pensamiento me quedé desde entonces, aunque creía saberlo desde mucho antes.
“Yo no soy buena para _______”.
Llena el espacio en blanco.
Si llevas mucho tiempo pensando que no eres buena para algo y has permitido que esa creencia determine quién eres, quédate. Hoy descubrirás cómo tu identidad en Cristo puede ayudarte a superar ese pensamiento, reconocer tu verdadero valor y avanzar hacia el nivel en el que Dios quiere que estés.
¿Quién eres realmente?
¿Cómo te presentas ante una persona nueva?
En los tiempos antiguos, las personas se presentaban diciendo algo como: “Soy Juliana de la Vega, hija de don Fernando de la Vega, de la casa de Bartolomeo II”. Ese nombre me lo acabo de inventar.
¿Por qué se presentaban de esa forma?
En muchas sociedades antiguas y medievales, la identidad de una persona no dependía principalmente de sus logros individuales, sino de su familia, su linaje y su lugar de procedencia. Por eso, alguien podría presentarse diciendo: «Soy Juliana de la Vega, hija de don Fernando, de la casa de Bartolomeo II».
Con esa frase comunicaba quién era, de dónde venía, a qué familia pertenecía y cuál era su posición dentro de la sociedad.
El nombre de su padre y el de su casa familiar también revelaban su reputación, posibles herencias, derechos, alianzas y posición social. En la Biblia encontramos algo parecido cuando se identifica a alguien como «David, hijo de Isaí», «Pablo, de la tribu de Benjamín» o «Jesús de Nazaret».
En otras palabras, la identidad de una persona provenía de su pertenencia: su padre, su familia, su tribu, su linaje y su lugar de origen.
Hoy en día, cuando nos presentamos, ya no decimos todo eso. Ahora nos presentamos diciendo lo que hacemos.
Cuando me mudé a Estados Unidos y fui a mi primera reunión social, lo primero que me preguntaron fue:
¿A qué te dedicas?
Y cuando tienes una tienda de mariscos que no es tuya, sino de tus papás, y lo que haces es filetear pescado y limpiar cangrejos y camarones, esa pregunta te incomoda porque no sabes qué responder.
Por mi cabeza pasaban pensamientos y dudas como: “Si digo que hago esto, me voy a ver insignificante” o “¿Será que omito la parte de limpiar camarones y solo digo que tengo una tienda de mariscos?”.
Tu identidad se convierte en lo que haces, en tu carrera o en la falta de ella, en lugar de estar fundamentada en a quién perteneces y de dónde vienes.
He platicado con mujeres que, cuando les preguntan a qué se dedican, contestan:
Ah, yo solo soy ama de casa.
O dicen:
Yo solo cuido a mis hijos.
Lo dicen como si ese trabajo no tuviera valor, como si fuera pan comido y como si su identidad fuera menos importante que la de una mujer que trabaja fuera de casa.
¿De dónde proviene tu identidad?
¿A quién perteneces?
Tu verdadera identidad en Cristo
Juan 1:12 dice:
“Pero a quienes lo recibieron y creyeron en él, les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios”.
Mi identidad: soy una hija de Dios.
Tu identidad: eres una hija de Dios.
Si estuviéramos en la época medieval, siendo hijas de Dios, nos presentaríamos así:
«Soy Melissa, hija del Dios Altísimo, adoptada por medio de Jesucristo, perteneciente a la casa de Dios, heredera de su Reino y vencedora por Aquel que me amó».
¡Uff! Hasta me imaginé mi actitud de orgullo, mi porte con un vestido vaporoso y la seguridad con la que diría esas palabras.
Vamos, quiero que lo practiques. Dilo en voz alta y repite conmigo:
«Soy ________ —di tu nombre—, hija del Altísimo, adoptada por medio de Jesucristo, perteneciente a la casa de Dios, heredera de su Reino y vencedora por Aquel que me amó».
Sí, lo sé: no vas a ir por el mundo presentándote de esa forma, aunque, créeme, sería una buena manera de comenzar una conversación. Deberías probarlo.
Lo que quiero que notes en esta presentación es que está llena de verdad: de lo que Dios piensa de ti y de la manera en que Él te identifica.
Eres hija de Dios y perteneces a su familia
Juan 1:12 dice que eres una hija de Dios.
Efesios 1:5 dice:
“Nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad”.
Gracias a la muerte de Jesús en la cruz, donde limpió todos tus pecados y te hizo santa por medio de su sangre, eres adoptada como hija suya.
Amiga, tú no eres una huérfana. Tienes un Padre que, con gusto y con todo el amor posible, te dio su nombre y apellido. Te reconoció como hija aun cuando en el mundo te desconozcan o te rechacen.
Tu primera y verdadera identidad te la ha dado Él: el Rey de reyes, el Señor de señores, el Altísimo, el Gran Yo Soy, Jehová de los Ejércitos, el Poderoso, el Omnipotente, el inigualable y el incomparable.
Si andas por la vida creyendo que no vales, que no eres nadie o que tus logros no te han llevado a un nivel digno, quiero que recuerdes estos versículos.
Cuando te sientes menos que los demás
En Estados Unidos hay muchos inmigrantes de diferentes países. Curiosamente, muchos inmigrantes hispanos pueden reconocerse a leguas en una reunión, no por su físico, sino por la manera en que se aíslan de los estadounidenses.
Lo veo a cada rato en mi iglesia. Cuando están junto a otros hispanos, son una persona; pero cuando se reúnen con los estadounidenses, se convierten en una ovejita silenciosa que no opina, no habla y prefiere pasar desapercibida.
¿Por qué? ¿Por qué hacen eso?
Nunca se lo he preguntado directamente a alguien, pero he leído sobre este comportamiento y una de las posibles razones es que muchos hispanos se sienten “menos” que los estadounidenses.
Piensan que, porque son “más pobres”, han tenido “menos educación” o no saben hablar bien inglés, es mejor no decir nada porque no son tan importantes como ellos.
Efesios 2:19 dice:
“Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos del pueblo elegido y miembros de la familia de Dios”.
Amiga, si tú ya confiaste en Cristo y lo hiciste Rey y Señor de tu corazón, eres una hija de Dios y formas parte del pueblo elegido. Eres miembro de la familia de Dios.
Volvamos a los tiempos antiguos. No tienes que irte muy lejos: piensa en una película ambientada en la época medieval.
Imagínate una de esas escenas en las que la princesa se escapa del castillo encubierta y no quiere revelar que es una princesa, sino que se presenta como una plebeya más.
¿Qué sucede cuando revela su identidad y la gente del pueblo descubre que es una princesa? Se asombran y comienzan a tratarla de manera diferente.
En ese contexto, ser la princesa significa que su importancia aumenta y que merece mayor respeto, reconocimiento y admiración.
¿Dudas de tu identidad?
¿Te comportas de una manera frente a ciertas personas y de otra manera frente a las demás?
¿Por qué?
Compórtate como una hija de Dios
Siendo hijas de Dios y miembros de su familia, debemos comportarnos como tales. En esta familia nos conducimos con dignidad y un orgullo sano porque sabemos de dónde venimos y a quién pertenecemos.
No estoy diciendo que camines como un pavo real, que mires de menos a otras personas o que te creas la última Coca-Cola del desierto.
Estoy hablando de que, si te sientes inadecuada, sin valor o menos que los demás por tu nacionalidad, por la falta de una carrera, por aquello a lo que te dedicas, porque estás buscando trabajo, porque no tienes millones en el banco, porque no te vistes a la última moda, porque solo hablas un idioma y machacas el segundo, porque no eres tan elocuente como Susana, tan delgada y fit como Andrea o porque no has ascendido de puesto como María… respires y recuerdes de dónde vienes.
Eres hija del único Rey que decidió morir para salvar a sus súbditos y resucitó al tercer día para darles un lugar a su lado.
Amiga, todos los títulos, las cuentas bancarias, los zapatos y bolsos de marca, los peinados, los negocios y los apellidos pasarán y quedarán en el olvido.
Tu herencia es Cristo.
Tu cuenta bancaria está en el cielo.
Tu identidad en Cristo te convierte en heredera
Romanos 8:17 dice:
“Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria”.
Ya eres una hija y eso automáticamente te convierte en heredera. Podremos disfrutar plenamente de esa herencia cuando lleguemos al cielo y estemos junto al Padre.
No pierdas tu tiempo buscando “ser reconocida”, “ser más importante” o agregar más títulos, certificaciones y reconocimientos con el propósito de aumentar tu autoestima y presentarte como alguien importante.
Nota: Quiero aclarar que no estoy diciendo que no estudies ni que dejes de aprender. Dios nos manda a ser diligentes con nuestros talentos y a ponerlos a trabajar. Me refiero a que no uses esas cosas como requisitos para considerarte importante ni permitas que esos títulos determinen tu identidad.
Invierte tu tiempo, primero, en reconocer quién eres, hija de Dios, de dónde vienes, del Padre celestial, y en asegurar tus tesoros en la cuenta bancaria que no tiene techo ni fecha de vencimiento: el cielo.
Eres más que vencedora por medio de Cristo
Medita en esto durante el día de hoy.
Cuando comiencen a entrar esas dudas, cuando te encuentres en tu próxima reunión social y todas estén preguntando: “¿A qué te dedicas?”, o cuando vuelvas a sentirte inadecuada, recuerda que eres vencedora porque Dios te amó.
Romanos 8:37 dice:
“Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”.
Oremos.
Oración:
Padre Celestial, gracias por hacernos tuyas. Nos has dado una identidad irremplazable y gracias al sacrificio de tu hijo en la cruz nos has dado un lugar en tu casa, a tu lado. Ayúdanos a vencer las mentiras del enemigo que nos dicen que no somos suficientes, que no somos importantes y que constantemente tenemos que hacer más y más para alcanzar aquello que nos dará seguridad. Tú ya lo hiciste todo Padre, no tenemos que hacer nada más que aceptar ese regalo de salvación y de identidad que nos has dado. Queremos que tú seas el Rey y Señor de nuestro corazón porque sabemos que solas no podemos. Reina sobre nuestra vida, nuestro corazón y nuestros pensamientos. Que sea Tu palabra la que nos brinde la seguridad que necesitamos para vivir y relacionarnos con los demás, y que esa seguridad se transfiera a compartir de tu amor con las que nos rodean. En el nombre de Jesús, amén.
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