Jesús es tu paz: la única paz que no depende de tus circunstancias

Lectura: Efesios 2:14-18
14 Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, 15 pues anuló la Ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, 16 para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. 17 Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. 18 Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu.
¿Qué cosas te dan paz mental?
¿Qué cosas diarias o qué eventos en tu vida te dan paz mental?
En mi caso, tener una casa limpia y ordenada me produce paz. Ese momento en el que toda la ropa está lavada, doblada y guardada me da una sensación de paz.
Que todos mis hijos estén dormidos en sus camas me da paz.
Que las cuentas estén pagadas y no tener ninguna deuda me da paz.
Tener una rutina diaria, por monótona y aburrida que sea, me da paz.
Que todo en mi vida transcurra como debería, sin ningún trauma ni evento catastrófico, me da paz.
Pero no siempre suceden estas cosas, ¿cierto?
La vida va y viene, y no siempre transcurre sin eventualidades que perturben nuestra paz.
La ropa no siempre estará nítidamente doblada. Nuestros hijos no siempre estarán dormidos en sus camas. A veces pasarán toda la noche fuera o no regresarán. Las cuentas no siempre estarán pagadas y las deudas podrían acumularse.
¿Qué sucede con nuestra paz en esos momentos?
¿De dónde proviene tu paz?
El muro que separaba a judíos y gentiles
¿Te imaginas ir a un lugar de adoración y que te digan que, como no eres parte del grupo élite, tienes que quedarte afuera, detrás de una barrera?
¿Te imaginas haber vivido en la época de la segregación, cuando una persona negra que necesitaba usar el baño tenía que buscar uno que dijera “solo para negros”?
Nunca he sido rechazada por mi color de piel ni por mi raza, gracias a Dios, pero puedo imaginar lo terrible que debe ser.
También puedo imaginar que las personas rechazadas no vivían en paz. Pienso que yo estaría preocupada todo el tiempo, preguntándome si estoy haciendo las cosas bien, si me van a señalar, si soy suficiente o qué debo hacer para ser aceptada, admitida y bien recibida.
Algo parecido ocurría entre judíos y gentiles en la época de Pablo. Éfeso era una ciudad mayormente gentil, es decir, habitada por personas que no eran de origen judío. Hemos venido estudiando que este pueblo era conocido por sus ídolos y prácticas paganas.
Los judíos procuraban no mezclarse con los gentiles porque, según sus leyes y costumbres, comer ciertos alimentos o participar en las prácticas gentiles podía hacerlos ceremonialmente impuros.
Esta separación también podía observarse físicamente en el templo de Jerusalén.
Los gentiles podían estar en el área exterior, conocida como el atrio de los gentiles, pero solo podían llegar hasta cierto punto.
Alrededor del área interior sagrada había una barrera de piedra llamada soreg. No era el enorme muro exterior del templo. Era una barrera relativamente baja que marcaba el punto más allá del cual ningún gentil podía pasar.
A intervalos se colocaban inscripciones de advertencia en griego y latín. El mensaje decía, en esencia:
“Ningún extranjero puede entrar dentro de la barrera que rodea el santuario. Quien sea sorprendido será responsable de su propia muerte”.
Imagínate haber confiado en Cristo, viajar hasta Jerusalén y encontrarte frente a una barrera que te recuerda que, por ser extranjera, no puedes acercarte más. Si te atreves a cruzarla, podrías recibir una condena a muerte.
¿Vivirías en paz?
Jesús es tu paz y derribó el muro de separación
Mira lo que dice el pasaje de hoy:
Efesios 2:14-18:
14 Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, 15 pues anuló la Ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz, 16 para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo mediante la cruz, por la que dio muerte a la enemistad. 17 Él vino y proclamó paz a ustedes que estaban lejos y paz a los que estaban cerca. 18 Pues por medio de él tenemos acceso al Padre por un mismo Espíritu.
En este pasaje, Pablo les está aclarando algo muy importante: su paz no proviene de su raza, de su estatus social ni de sus antiguas costumbres.
La paz es Cristo.
No es solamente que la paz proviene de Cristo. La paz es Cristo mismo.
Cuando Cristo murió en la cruz, lo hizo por todos y por todas: por personas de todas las razas, etnias, culturas y costumbres. Pablo les estaba comunicando esta verdad tanto a los gentiles como a los judíos.
Los gentiles no tenían que convertirse culturalmente en judíos para ser aceptados. Los judíos tampoco debían continuar rechazando a los gentiles. Ya no tendrían que depender del cumplimiento de las normas ceremoniales de la Ley para ser aceptados por Dios y tener paz con Él.
Con su muerte en la cruz, Cristo anuló la Ley con sus mandamientos y requisitos, reconcilió a ambos pueblos con Dios y los convirtió en una nueva humanidad. Por medio de Cristo, todos podemos presentarnos ante el Padre por un mismo Espíritu.
Sin Cristo no existe la verdadera paz.
Esto es un hecho que ya fue establecido.
Buscamos paz en lugares que no pueden sostenerla
Sin embargo, nosotras continuamos buscando paz donde no la hay.
Trabajamos a sol y sombra para acumular más ahorros en el banco o invertir en mejores acciones porque pensamos que, cuando tengamos cierta cantidad de dinero ahorrado, entonces tendremos paz.
Limpiamos la casa incansablemente y nos estresamos cuando todos los juguetes están tirados porque los niños han estado jugando. Pensamos que solamente cuando todo esté en su lugar tendremos paz.
Nos dejamos de hablar con nuestra pareja porque, cuando nos vemos, lo único que hacemos es pelear. Entonces, creemos que es mejor distanciarnos porque solo separadas tendremos paz.
Evitamos acercarnos a situaciones difíciles, aunque ameriten justicia, porque preferimos “guardar nuestra paz”.
Piénsalo: ¿qué cosas haces o dejas de hacer porque crees que eso te proporciona paz?
Y aclaro esto porque no quiero que se tergiversen mis palabras. No estoy diciendo que no ahorres dinero, que no trabajes, que permanezcas en una relación abusiva o peligrosa, que discutas con cualquiera por cualquier cosa o que no limpies ni ordenes tu casa.
Lo que quiero que veas y descubras junto con Dios es lo siguiente:
¿Cuál es la verdadera fuente de tu paz?
Jesús es tu paz cuando todo lo demás es inestable
Yo ya te conté al inicio cuáles son mis fuentes de paz.
Pero todas tienen algo en común: son inestables.
La ropa no siempre estará limpia, doblada y guardada. Somos cinco personas viviendo en una casa, bajo el calor de Texas. Sudamos la ropa a diario.
Mi casa no está limpia ni ordenada la mayor parte del tiempo. Tengo tres varones llenos de energía que juegan en cada rincón de ella, todos los días y a toda hora.
Mis cuentas bancarias no siempre tienen lo suficiente. Mis deudas no están completamente pagadas. El trabajo no siempre genera los mismos ingresos.
Todo lo que este mundo puede ofrecerte como fuente de paz es inestable.
Nuestra paz es y siempre será Cristo.
Tenemos acceso al Padre gracias al sacrificio de Cristo en la cruz. Éramos extranjeras, pero Cristo nos reconcilió con Dios y nos hizo parte de su familia.
Gracias a eso, tenemos acceso a la paz encarnada.
Jesús es tu paz.
Esta paz abarca toda tu vida. Es seguridad, protección y bienestar integral.
Es la paz de Cristo que trasciende tus circunstancias. Es la razón por la cual los cristianos podemos vivir en paz, sin importar lo que estemos sufriendo o la situación que se nos presente.
¿Cómo impacta esta verdad tu vida?
¿Cómo cambia tu manera de vivir diariamente saber que Jesús es tu paz?
¿Cómo permitir que la paz de Cristo gobierne tu corazón?
Colosenses 3:15 dice:
“Que gobierne en sus corazones la paz de Cristo, a la cual fueron llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos”.
En otras versiones dice que la paz de Dios reine en tu corazón.
¿Quién es la paz de Dios?
¡Cristo!
¿Cómo podemos permitir, de manera práctica, que la paz de Dios reine en nuestros corazones?
Si continúas leyendo Colosenses 3:16-17, encontrarás algunas respuestas:
Permite que la palabra de Cristo habite en ti: lee tu Biblia, estúdiala, memorízala y enséñala.
Canta salmos e himnos.
Da gracias a Dios de todo corazón.
Haz todo lo que hagas como para Cristo.
Cuando vivimos imitando a Cristo, experimentamos paz porque Cristo mismo es nuestra paz.
Reto: identifica cuál es la fuente de tu paz
Hoy te voy a dejar con un reto. Puedes hacerlo mentalmente o tomar papel y lápiz.
Haz una lista de todo aquello que te proporciona paz, aunque sea momentáneamente.
Tomarte un café en silencio, manejar por la carretera, doblar la ropa, limpiar la casa, no discutir con nadie… Escribe todo lo que puedas.
Luego, piensa en la paz que te proporciona Cristo.
¿Cómo te hace sentir?
¿Es la misma paz que te producen las cosas que escribiste o es diferente?
La verdadera paz no es aquella que solamente está presente cuando todo va bien o cuando todo está como quieres.
La verdadera paz existe aun en medio de la guerra, las deudas, las crisis, el desorden y la suciedad.
La verdadera paz es Cristo.
Y si no tienes a Cristo, no tienes la verdadera paz.
Oremos.
Oración
Padre Celestial, gracias porque tu paz nos dejaste y nos diste por medio de Cristo. Gracias porque nos dejaste entrar a tu familia por medio de su sacrificio en la cruz y porque ya no estamos más separadas de ti. Gracias porque tu paz no tiene entendimiento; no podemos comprenderla, pero podemos sentirla y no se compara a ninguna otra paz. Gracias porque tu fuente de paz es inagotable, indivisible, intachable y no se puede destruir con nada. Queremos que tú seas nuestra fuente de paz hoy y siempre, aun cuando las cosas no marchen como las hemos planificado. Ayúdanos a enfocar nuestros ojos y corazones en ti, y danos esa paz que nadie más nos puede dar. En el nombre de Jesús. Amén.
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