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¿Está mal que una cristiana quiera adelgazar? Lo que Dios examina primero

Mujeres haciendo ejercicio

Lectura: 1 Corintios 10:31; 1 Samuel 16:7; Proverbios 16:2


1 Corintios 10:31 “31 Así que, sea que coman o beban o cualquier otra cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios.”


1 Samuel 16:7 “7 Pero el Señor le dijo a Samuel: No juzgues por su apariencia o por su estatura, porque yo lo he rechazado. El Señor no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón.”


Proverbios 16:2 “La gente puede considerarse pura según su propia opinión, pero el Señor examina sus intenciones.”


¿Por qué quieres adelgazar?


¿Por qué quieres adelgazar? ¿Por qué quieres cambiar tu cuerpo?


Piénsalo. Aquí no hay nadie escuchando tu respuesta; eso es entre tú y Dios, nada más.


¿Quieres verte mejor?


¿Quieres sentirte mejor?


¿Quieres mejorar tu salud?


¿Quieres ser aceptada?


¿Quieres ser admirada?


¿Quieres ponerte ropa que ahora no puedes usar porque no te queda?


¿Quieres ser capaz de moverte mejor?


Todas esas son las respuestas que mis clientas me daban cuando entraban a mis programas de coaching. Ninguna respuesta está equivocada. Todas son válidas.


El problema es que nos quedamos solamente con esa respuesta, pero no hacemos la pregunta más importante: ¿para qué?


¿Para qué quieres verte mejor? ¿Para qué quieres mejorar tu salud? ¿Para qué quieres sentirte aceptada?


Ah, eso toca fibras más profundas, ¿cierto?



¿Está mal que una cristiana quiera adelgazar?


¿Es pura vanidad o tiene validez?


Hoy vamos a tocar estos temas de los que no se habla mucho entre mujeres cristianas y vamos a hablar claro y pelado.


El año antepasado, Dios me encomendó co-liderar un estudio bíblico para mujeres llamado Body & Soul, de Lisa Whittle. Lisa es una mujer de contextura gruesa que ha luchado con su imagen corporal durante años, desde que estaba en la universidad. Ella es autora, teóloga y podcaster, y dice que un día Dios le pidió escribir este estudio, pero ella no quería hacerlo.


Al principio, le pareció un tema trillado y superficial. Además, pensaba que, debido a sus propias luchas con su cuerpo, no era la mujer adecuada para tocarlo. Pero Dios insistió y ella obedeció.


Este libro se vendió como pan caliente, tanto así que las alumnas de mis estudios bíblicos no encontraron una copia por ningún lado.


Las mujeres están sedientas de saber qué piensa Dios sobre sus cuerpos, qué piensa Dios sobre las dietas, el ejercicio, adelgazar o engordar.


Pero, en realidad, las mujeres quieren saber si son aceptadas tal como son o no.


¿Te sientes aceptada tal como eres?


¿Te sientes aceptada tal como eres ahora mismo?


En mi caso, depende. Depende de con quién estoy, dónde estoy y en qué momento hormonal me encuentro ese día en particular (ja, ja, ja).


Para las que aún tienen su ciclo menstrual vigente, ¿han notado que existen ciertos días del ciclo en los que se sienten lindas, poderosas y como si tuvieran todo bajo control? Eso puede ocurrir durante la fase ovulatoria.


Dios creó nuestros cuerpos de una forma maravillosa. Durante el ciclo, las fluctuaciones de estrógeno y progesterona pueden influir en neurotransmisores relacionados con el ánimo, la energía y la percepción personal. Por eso, algunas mujeres se sienten más seguras durante la ovulación y más cansadas, hinchadas o sensibles antes o durante la menstruación.


No es que Dios se haya equivocado al crearnos. Simplemente, todo tiene un propósito que no se parece en nada al propósito del mundo.


La trampa de cambiar constantemente nuestro cuerpo


El enemigo quiere mantenerte insegura para siempre porque, si eres insegura, no buscas ni reflejas a Dios.


Constantemente te bombardea con mensajes que te hacen sentir que no eres lo suficientemente bonita, delgada, fit, fuerte o capaz. Luego, te dice que tienes que buscar dentro de lo más profundo de ti para conseguir todo eso, pero que primero tienes que cambiar esto, aquello y lo otro.


Entonces, caemos en su trampa de querer cambiar constantemente nuestro cuerpo, muchas veces cueste lo que cueste. Cuando no lo logramos, nos avergonzamos y sentimos que no valemos lo suficiente.


Y ahí ganó el enemigo con su trampa de inseguridad.


¿Te imaginas si el profeta Samuel hubiera dudado de la instrucción de Dios de no ungir a los hermanos de David y escoger, en cambio, al joven que había designado como el próximo rey de Israel?


¿Te imaginas si David, siendo un joven pequeño, hubiera dudado del poder de Dios y se hubiera sumergido en su inseguridad, pensando: «Yo no soy tan fuerte», «yo no soy tan alto» o «yo no me veo como Goliat»?


Yo sé que el plan de Dios no puede ser truncado y que todo hubiera sucedido de otra manera. Pero ¡cuánta bendición se habrían perdido esos dos y cuánta bendición le habrían robado al pueblo de Israel si se hubieran guiado por sus inseguridades!


Dios mira tu corazón, no tu cuerpo


Dios no te juzga por tu cuerpo. Dios no te juzga por cómo te ves. Dios mira tu corazón.


1 Samuel 16:7: «Pero el Señor le dijo a Samuel: “No juzgues por su apariencia o por su estatura, porque yo lo he rechazado. El Señor no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón”».

«Sí, Melissa, yo sé que Dios me ama tal como soy. Pero yo no me amo así. A mí no me gusta cómo me veo».


Y es precisamente por eso que tienes que examinar la raíz de cómo te sientes: tu corazón.

Cuando David se encontraba perseguido por su propia gente, que quería matarlo, él no clamó a Dios diciendo: «Oh, Dios, examina mi fuerza y mis armas» u «Oh, Dios, examina mi cuerpo y mis capacidades».


Más bien, clamó: «Oh, Dios, examina mi corazón, lo más profundo de mi ser».

David sabía exactamente de dónde provenían sus inseguridades, temores, dudas, deseos y pecados: de su corazón.


Así que, de nuevo, te pregunto: ¿por qué quieres cambiar tu cuerpo?


Yo no soy quien va a juzgarte ni a examinarte. Ese es un asunto entre tú y Dios.


Dios examina nuestras verdaderas intenciones


Proverbios 16:2: «La gente puede considerarse pura según su propia opinión, pero el Señor examina sus intenciones».

Dios me confrontó muchas veces con este versículo porque, en muchas ocasiones, he querido enmascarar mi deseo de adelgazar con la fachada de: «Quiero ser más saludable».


Pero luego me hago exámenes médicos y mi salud está bien. Aun así, mi deseo de adelgazar no desaparece porque todavía tengo libras de más. Incluso cuando no las tenía, quería tener músculos definidos en las piernas, los brazos y el abdomen.


Mi deseo no era realmente estar saludable. Mi verdadero deseo era verme como cierta persona en las redes sociales, las revistas o la televisión. Mi deseo era que, finalmente, «la gente» me aceptara y me admirara por cómo se veía mi cuerpo.


Yo me consideraba sabia según mi propia opinión, pero Dios examinó mi corazón, sacó mi verdadera intención del lugar donde yo pretendía esconderla y me confrontó con ella.


Mira, yo no sé si está mal querer tener un cuerpo definido. En sí mismo, tener un cuerpo fit, fuerte y muy definido no creo que esté mal.


El problema radica en por qué lo estamos haciendo y en el sacrificio que requiere llegar a eso.

Porque, si tú eres una persona común y corriente que hace ejercicio una hora o menos todos los días y come de forma relativamente saludable y balanceada, probablemente no vas a tener ese tipo de cuerpo, a menos que tengas una genética ultra-bendecida.


Para llegar a tener ese cuerpo, muy probablemente tienes que contar macronutrientes, es decir, pesar cada comida; evitar reuniones sociales o evitar comer en ellas; y seguir un plan de entrenamiento definido con horarios específicos. Si pretendes competir con ese cuerpo, las reglas se vuelven aún más estrictas.


Al final del día, tu cuerpo se convierte en tu centro de atención. Piensas en tus comidas y en tu entrenamiento más que en cualquier otra cosa.


Entonces, nuestras intenciones de ser más saludables se convierten en intenciones de ser más definidas, más delgadas o más fuertes. Todo deja de apuntar a Dios y comienza a apuntar al YO.


Adelgazar para la gloria de Dios


1 Corintios 10:31: «Así que, sea que coman o beban o cualquier otra cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios».

Dice: «Cualquier otra cosa que hagan».


Todo debe dar gloria a Dios.


¿Está mal que una cristiana quiera adelgazar?


No.


Pero, sobre toda cosa guardada, debes guardar tu corazón. Y todo lo que hagas (adelgazar, engordar, desarrollar músculo, eliminar grasa, recuperar tu salud, mejorar tus niveles en sangre o dormir mejor) debe apuntar a darle la gloria a Dios.


Y, amiga, esta es una lucha diaria. Esto no es algo que pides en una oración de dos minutos y Dios te concede como un deseo pedido a un genio en una botella.


El versículo comienza con «coman o beban», algo que haces todos los días, tres o más veces al día. Esa es la frecuencia con la que debes considerar darle la gloria a Dios en todo.


Cada vez que comemos, hacemos ejercicio o pensamos en nuestro cuerpo, debemos hacernos estas preguntas internamente:


¿Por qué estoy haciendo esto?


¿Para quién estoy trabajando?


Oremos.


Oración


Padre celestial, gracias porque nos amas tal cual somos y sin importar cómo nos vemos. Gracias porque nos aceptas con pancitas, brazos aguaditos, rollitos en la espalda, acné, pelonas, con y sin uñas, con y sin pestañas y cejas, con ojeras o bolsas debajo de los ojos, con celulitis o piernas huesudas, con chichis y sin chichis, con nalgas y desnalgadas.


Gracias porque ninguna de esas cosas impide que nos acerquemos a ti y que nos des descanso y aceptación. Gracias porque, aun siendo como somos y viéndonos como nos vemos, Jesús siempre nos amó incondicionalmente y decidió morir en una cruz por nosotras.


Perdónanos por enfocarnos en las cosas equivocadas y ayúdanos a poner nuestros ojos en ti siempre, en toda circunstancia.


Queremos ser fuertes y saludables. Queremos tener cuerpos aptos y capaces de servir a quienes nos rodean y cumplir los propósitos que tú diseñaste para nosotras.


Ayúdanos a practicar el dominio propio si lo necesitamos y a vernos a través de tus ojos, con amor incondicional y aceptación.


En el nombre de Jesús. Amén.



PODCAST:



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