¿Es pecado comer demasiado? Cuando la comida comienza a controlarte

Lectura: Gálatas 5:22-23; 1 Corintios 6:12; Proverbios 23:20-21
Gálatas 5:22-23: “En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos. Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes y saber controlar nuestros malos deseos. No hay ley que esté en contra de todo esto”.
1 Corintios 6:12: “Algunos de ustedes dicen: «Soy libre de hacer lo que yo quiera». ¡Claro que sí! Pero no todo lo que uno quiere conviene; por eso no permito que nada me domine”.
La primera vez que visité Estados Unidos fue con mis abuelos paternos cuando era tan solo una niña. Recuerdo haber viajado a Miami y haber visitado mi primer mall.
Lo primero que vi fue el food court y un restaurante que se llamaba McDonald’s. En mi país aún no existía esta cadena de comida rápida, pero la había visto en la televisión. Lo que yo más quería en ese mall era probar ese Kid’s Meal y llevarme el juguete que venía con él.
Pero yo era niña de buen diente. En mi casa, cuando se hacían hamburguesas, se hacían bien, con todos los fierros. Así que cuando recibí aquel Kid’s Meal con dos panes y un pedazo de carne, dije: “¿Y esto qué es?”. Pero igual me lo comí.
Lo triste es que me quedé con hambre. Mi abuelo, Tata, como le decía de cariño, sabía identificar mis emociones a leguas. Así que se acercó a mi cara y me dijo:
“¿Tenés hambre, muñeca?”.
Yo asentí con la cabeza sin decir ni una sola palabra. Él solo sonrió y me dijo:
“Vamos por otra, pues.”
Hoy que revivo ese recuerdo, me pregunto: ¿cómo pude comerme dos hamburguesas con papas fritas yo solita a esa edad? ¿Qué estaba pensando?
Hoy contestaremos la pregunta: ¿Es pecado comer demasiado? Quédate y veamos el resto de la historia.
¿Por qué comemos demasiado aunque ya estamos satisfechas?
Cuando veo la cajita feliz de McDonald’s y veo a mis hijos comiéndola, revivo ese recuerdo con mi Tata. Es un bonito recuerdo que no quiero borrar de mi memoria, especialmente la parte en la que él supo identificar lo que su nieta quería con tan solo verle la carita.
Pero mis hijos, cuando comen este tipo de comida, quedan con la pancita llena. Tanto que no quieren nada más por el resto del día.
(Haré una pausa para decir que sí, soy coach de nutrición y fitness, pero de vez en cuando mis hijos comen comida rápida).
¿Qué fue lo que me llevó a comerme dos cajitas felices enteras?
No puedo decirlo con certeza porque ya no recuerdo lo que estaba viviendo o sintiendo en ese momento. Pero puedo pensar, por cómo soy hoy, que quizá estaba experimentando ansiedad y que lo único que sabía hacer para manejarla era comer.
Puedo verlo en uno de mis hijos hoy. Cuando él se siente emocionado por algo y no sabe cómo manejar esas emociones grandes, su respuesta es comer, comer y comer, aun cuando ya está lleno y no puede más.
El común denominador aquí es que dejamos que algo se apodere de nosotras: las emociones. Queremos dejar de sentir tristeza, angustia, estrés o frustración a toda costa y buscamos la comida como refugio. Entonces, nuestro tren de vida es conducido por esas emociones en lugar de ser guiado por el dominio propio.
El dominio propio no proviene únicamente de ti
El problema, amiga, es que nos han enseñado que la disciplina o el dominio propio provienen solamente de nuestro interior, de nosotras mismas.
Pero Gálatas 5:22-23 dice algo diferente:
“En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás, estar siempre alegres y vivir en paz con todos. Nos hace ser pacientes y amables, y tratar bien a los demás, tener confianza en Dios, ser humildes y saber controlar nuestros malos deseos. No hay ley que esté en contra de todo esto”.
Fíjate que comienza con la frase “en cambio”. Esto quiere decir que hay algo más que debemos leer en los versículos anteriores. La frase apunta a los versículos 19 y 20.
Veamos la versión Amplificada traducida al español:
“Ahora bien, las obras de la naturaleza pecaminosa son claramente evidentes: inmoralidad sexual, impureza, sensualidad (irresponsabilidad total y falta de dominio propio), idolatría, hechicería, hostilidad, contiendas, celos, arrebatos de ira, disputas, divisiones y facciones que promueven herejías”.
Entre las obras de la naturaleza pecaminosa se encuentra la falta de dominio propio. Nuestra naturaleza humana tiende a satisfacer sus deseos sin considerar siempre las consecuencias. El dominio propio no depende solamente de nuestra fuerza de voluntad. Para la creyente, es un fruto que el Espíritu Santo produce a medida que nos rendimos a Su dirección.
Ahí es cuando entra el versículo 22 y dice:
“En cambio, el Espíritu de Dios nos hace amar a los demás… y saber controlar nuestros malos deseos”.
Comer por hambre no es lo mismo que comer para silenciar emociones
Tener hambre no es un mal deseo. Dios puso ese deseo en ti. Él creó el hambre como una señal hermosa para que alimentemos y nutramos nuestro cuerpo.
Pero cuando comemos para callar, apaciguar o silenciar emociones, ya no estamos respondiendo únicamente a una necesidad de nutrición. Estamos buscando en la comida un alivio que no puede resolver la raíz de lo que sentimos.
Cuando esto ocurre constantemente, podemos permitir que nuestras emociones y la comida ocupen un lugar de control que no les corresponde.
Dios nos dio la señal del hambre y también nos dio sabiduría y dominio propio por medio del Espíritu Santo que vive dentro de nosotras. Él nos invita a reconocer lo que sentimos, acudir a Su presencia y permitir que Su Espíritu dirija nuestras decisiones.
Lo que Dios quiere de nosotras es que, cuando sintamos la necesidad de calmar el enojo, el estrés, la angustia o la tristeza, lo busquemos a Él. Que dejemos que Su Espíritu Santo nos guíe, que soltemos el timón y lo dejemos conducir.
¿Es pecado comer demasiado si tengo libertad para hacerlo?
Dios te dio libre albedrío y tú puedes tomar tus propias decisiones.
Tú puedes ir a un baby shower donde hay una mesa de buffet y servirte cuantas veces quieras. Puedes comerte la salsa roja y picante, aun cuando sabes que te dará reflujo.
Puedes comerte tres donas que se ven deliciosas, aun cuando sabes que podrían darte dolor de estómago y que comerlas en exceso no beneficia a tu cuerpo.
Puedes comer lo que quieras y cuando quieras, pero sabes que no todo lo que comes te conviene.
Pablo dice algo relacionado con este principio en su carta a los corintios. La iglesia de Corinto vivía dentro de una cultura conocida por sus excesos y su inmoralidad sexual.
Algunos creyentes aparentemente estaban utilizando la libertad cristiana para justificar conductas perjudiciales.
Decían:
“Todo me es lícito”.
Y Pablo les advierte:
“Sí, todo es lícito, pero no todo conviene. No debemos permitir que nada nos domine”.
Aunque el contexto inmediato de este versículo se relaciona principalmente con la inmoralidad sexual y no específicamente con comer en exceso, Pablo menciona la comida en el versículo 13. Algunos corintios parecían argumentar que satisfacer el deseo sexual era tan natural como satisfacer el hambre.
Pablo rechaza esa comparación y les recuerda que el cuerpo le pertenece al Señor y debe utilizarse para glorificarlo.
Cuando comes en exceso, vale la pena preguntarte: ¿quién o qué está dirigiendo esta decisión? ¿El hambre, mis emociones o el dominio propio producido por el Espíritu Santo?
Cuando la comida comienza a controlarte
Cuando comemos en exceso y nos dejamos llevar por las emociones, no estamos cuidando el cuerpo con la sabiduría que Dios desea para nosotras.
Esto es una contradicción: creemos que nos estamos haciendo un bien porque la comida nos da alivio momentáneo, cuando en realidad podríamos estar usando ese alivio para evitar una emoción que necesita ser reconocida y atendida.
También es importante aclarar que comer de más en una ocasión especial, disfrutar una comida abundante o sentir más hambre ciertos días no significa automáticamente que tengas un problema espiritual. La pregunta importante es si existe un patrón de pérdida de control y si la comida está ocupando constantemente el lugar de consuelo, refugio o dominio en tu vida.
Entonces, ¿es pecado comer demasiado?
Contestemos la pregunta: ¿Es pecado comer demasiado?
La Biblia no contiene una frase que diga literalmente: “Es pecado comer demasiado”. Sin embargo, sí nos advierte sobre la falta de dominio propio, los excesos y cualquier deseo que llegue a dominarnos.
El problema no es simplemente la cantidad de comida en un plato. Necesitamos examinar la raíz del comportamiento, la intención del corazón y aquello que está controlando nuestras decisiones.
Piénsalo de forma lógica y científica: si tu cuerpo necesitara 1,000 calorías para mantenerse saludable (este no es un ejemplo real), pero tú les dieras rienda suelta a tus deseos y comieras 2,000 calorías todos los días por encima de tus necesidades, ¿qué beneficios obtendrías? ¿Estarías nutriendo o sobrecargando tu cuerpo?
Dios nunca nos va a negar algo que produce un beneficio para Su gloria. Dios nunca te va a pedir que dejes morir de hambre a tu cuerpo. Dios nunca te va a pedir que dejes de comer y te mueras. Eso va en contra de todo lo que Él ha diseñado.
No veas su instrucción como una prohibición, sino como cuando les dices a tus hijos: “Te lo digo por tu bien”, porque tú sabes lo que podría suceder si no siguen tu consejo.
Nosotras somos hijas de Dios y Su Palabra está aquí para aconsejarnos porque Él, más que nadie, conoce lo que es verdaderamente bueno para nosotras.
Oremos.
Oración:
Padre Celestial, gracias por tu amor incondicional e infinito hacia nosotras. Gracias porque nos diste libre albedrío para decidir, pero tampoco nos has dejado solas. Gracias por proveernos de tu Espíritu Santo que nos guía en toda decisión cuando le dejamos, incluyendo nuestras decisiones de alimento y cuidado del cuerpo. Muchas veces caemos en la tentación de callar nuestras emociones con la comida y nos olvidamos de que Tú eres quien nos da consuelo, calma y amor. No queremos quitarte tu lugar, Señor; queremos correr hacia ti cada vez que estemos tristes, cansadas, frustradas. Queremos alimentar nuestros cuerpos con sabiduría, disfrutando de la comida que nos provees, pero con dominio propio, sabiendo que nuestros cuerpos son tuyos y queremos cuidarlos. En el nombre de Jesús, amén.
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