El día en que aprendí cómo dejar de sentir culpa por lo que hice
Updated: Sep 8

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Lectura: Efesios 1:7-10
Por la muerte de Cristo en la cruz, Dios perdonó nuestros pecados y nos liberó de toda culpa. Esto lo hizo por su inmenso amor. Por su gran sabiduría y conocimiento, 9 Dios nos mostró el plan que había mantenido en secreto, y que había decidido realizar por medio de Cristo. 10 Cuando llegue el momento preciso, Dios completará su plan y reunirá todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, y al frente de ellas pondrá como jefe a Cristo.
Cuando la culpa te hace sentir que debes pagar por lo que hiciste
Regresé de la cena y los encontré a todos dormidos. Parecían angelitos, con sus ojitos cerrados y un rostro que transmitía una paz inigualable.
Los vi y sonreí. Pero luego comencé a sentir un gran peso en el pecho. Mi mente comenzó a recorrer el día a una velocidad impresionante: todos los momentos en que les grité, todos los momentos en que los ignoré o les hablé mal. “Qué mala mamá soy”, me dije en silencio.
Me fui a acostar sumida en la culpa. El día no había sido bueno. La energía de todos mis hijos estaba por los cielos y las emociones intensas dominaron. Su misión ese día parecía ser “desobedecer a mamá en todo momento” y yo, en mi perimenopausia, con poca paciencia y la irritabilidad a flor de piel, no pude más y exploté.
Lloré por la impotencia de no poder controlarlos y me encerré en mi cuarto a llorar de frustración.
Gracias a Dios, papá trabaja desde casa y salió a poner orden y las emociones fuertes se calmaron.
Días como este, en los que las emociones suben y no sé cómo volver a bajarlas, me llenan de culpa. Luego, esa culpa se queda marinando en mi corazón y, por la noche o al día siguiente, me martillo con todo lo malo que hice y me vuelvo loca buscando formas de “compensarlos”.
Hoy hablaremos de cómo dejar de sentir culpa por lo que hiciste y aceptar la libertad que Cristo ya compró para ti.
¿Por qué es tan difícil dejar de sentir culpa?
La verdad es que ese día aún no ha llegado, al menos no completamente para mí, porque esta historia que te cuento sucedió apenas esta semana. Y creo que muchas mujeres pasan por lo mismo.
O tal vez tú eres una mejor mamá que yo en ese sentido, pero en algún punto de tu vida has sentido culpa. Tal vez has hecho algo que consideras tan grave que no puedes regresar de ello y que todos los días tienes que pagar por ello.
Tal vez hiciste algo que te hace pensar que tu historia ya no puede ser restaurada.
Así que hoy vamos a proponernos ver el futuro de una manera distinta, a partir de este momento. Y esto no se trata de invocar al universo, manifestar ni ninguna de esas cosas que no existen ni funcionan.
Esto se trata de finalmente aceptar una verdad que tal vez no conocías o que tal vez te has rehusado a aceptar aunque la conozcas.
Quiero que escuches el pasaje de hoy en Efesios 1:7-10, versión Traducción en Lenguaje Actual:
Por la muerte de Cristo en la cruz, Dios perdonó nuestros pecados y nos liberó de toda culpa. Esto lo hizo por su inmenso amor. Por su gran sabiduría y conocimiento, 9 Dios nos mostró el plan que había mantenido en secreto, y que había decidido realizar por medio de Cristo. 10 Cuando llegue el momento preciso, Dios completará su plan y reunirá todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, y al frente de ellas pondrá como jefe a Cristo.
La culpa no puede pagar tu liberación
Pablo escribió Efesios a creyentes que vivían en Éfeso, una ciudad profundamente influenciada por la idolatría, la magia, la riqueza y la adoración a la diosa Artemisa.
Muchos de aquellos cristianos habían abandonado esas prácticas para seguir a Jesús.
Justo ayer escuchaba la historia de una influencer de TikTok que se dedicaba a vender hechizos y otras cosas relacionadas con la magia. Tenía más de un millón de seguidores y esto se había convertido en su modo de vida.
Pero un día, Dios se le reveló en una visión y le dijo: “Ven, sígueme. Te estoy esperando”.
Si no me equivoco, Dios lo hizo dos veces más y ella supo que Él le estaba pidiendo que dejara esa vida por completo y lo siguiera.
Ella obedeció, comenzó a seguirlo y ahora se dedica a compartir su testimonio y a explicar por qué la magia no puede llenarte ni redimirte como Cristo.
Pero quiero que te pongas en los zapatos de esta mujer. Durante años se dedicó a vender hechizos. Ese era su modo de vida. Y, si la ves, no es una mujer rara; es una mujer común cuyo modo de vida y de generar ingresos era ser bruja.
De repente, Dios viene a ella y le dice: “Deja todo eso”.
Dios la llamó a abandonar esa vida, pero no la condenó ni le exigió que pagara primero por lo que había hecho. Su llamado a dejar el pecado no llegó acompañado de una sentencia que la obligara a vivir encadenada a su pasado.
Con esto no quiero decir que Dios apruebe estas prácticas. Dios habla muy claro sobre la magia, el ocultismo, los hechizos y su posición ante estas cosas: “No lo hagas y mantente lejos”.
Lo que quiero decir es que Dios la confrontó con la verdad sin aplastarla con condenación. Con mucho amor y ternura le dijo: “Sígueme a mí, te he estado esperando”.
Dios tampoco le dijo: “Mira, si quieres mi perdón, ahora haz cierta cantidad de horas de voluntariado. Además, tienes que martillarte y recordar todos los días todo lo malo que has hecho y luego pedir perdón 170 veces hasta que sientas que has cumplido”.
Es decir, Dios no le pidió que pagara por su liberación.
¿Has intentado pagar por el perdón que Dios ya te dio?
¿Cuántas veces has hecho cosas para pagar tu liberación?
Puede ser algo tan sencillo como lo que me sucedía a mí. Después de un día sintiéndome una mala mamá, al día siguiente intento ser la mamá perfecta: les preparo su desayuno favorito, les compro algo, les permito todo y evito corregirlos porque me siento culpable de haberles gritado.
O tal vez es algo mayor, como tolerar el maltrato, el desprecio o la humillación porque crees que tienes que aceptar las consecuencias para siempre.
Puede ser que la culpa te invada tanto que sientas que tienes que confesarle lo mismo a Dios una y otra vez, esperando sentir que esta vez sí sufriste lo suficiente para ser perdonada.
Amiga, hoy puede ser el día en que comiences a dejar de sentir culpa por lo que hiciste, porque hoy comprenderás finalmente que no está en tus manos liberarte de la culpa.
Jesús ya hizo el trabajo de expiación
La frase clave en Efesios 1:7-10 dice:
“Por la muerte de Cristo en la cruz, Dios perdonó nuestros pecados y nos liberó de toda culpa”.
El trabajo de expiación no es tuyo. Ese trabajo no te lo dieron. Pero insistes en entrevistarte para ese puesto día tras día. Y, amiga, jamás te lo van a dar.
Esa posición fue ocupada hace mucho tiempo por un hombre llamado Jesús, el único Hijo de Dios Padre, quien decidió sacrificarse por ti en la cruz y perdonar todos tus pecados:
Los gritos a tus hijos.
Tu infidelidad.
Tu deshonestidad.
El chisme.
La envidia.
La mentira.
La falta de coraje para decir la verdad.
El orgullo.
Todos esos pecados Él los perdonó y te liberó de la culpa para siempre.
No hay nada, NADA, nada que tú puedas hacer que tenga el poder que ese sacrificio tiene. Puedes trabajar, servir en la iglesia, dar todo tu dinero o hacer voluntariado para compensar lo que hiciste y, aun así, nada de eso será suficiente.
Porque no eres autosuficiente y no te alcanza la vida para ello. Solamente la suficiencia de Cristo puede liberarte de las cadenas de culpa que mantienen tu mente y tu corazón atados.
Y dirás: “Bueno, lo creo. Jesús murió por mí. Jesús me liberó de la culpa. Ahora tengo que pasarme la vida agradeciéndole o pagándole, porque algo debe querer de mí”.
El amor de Dios no te cobra por perdonarte
Mira lo que dice Efesios después:
“Esto lo hizo por su inmenso amor”.
No es que no sea bueno agradecerle a Dios todos los días; necesitamos hacerlo. No porque Él lo necesite, sino porque nosotros lo necesitamos. Necesitamos recordar lo que hizo por nosotros porque se nos olvida.
Pero Dios no lo hizo para recibir tu paga ni tu agradecimiento, porque Él no necesita nada de lo que tú puedas ofrecerle.
Lo hizo porque te ama, porque te amó y porque te amará por siempre.
, amiga, si no conoces el verdadero amor, te lo presento en 1 Corintios 13:
El que ama tiene paciencia en todo, y siempre es amable.
El que ama no es envidioso, ni se cree más que nadie.
No es orgulloso.
5 No es grosero ni egoísta.
No se enoja por cualquier cosa.
No se pasa la vida recordando lo malo que otros le han hecho.
6 No aplaude a los malvados, sino a los que hablan con la verdad.
7 El que ama es capaz de aguantarlo todo, de creerlo todo, de esperarlo todo, de soportarlo todo.
8 Sólo el amor vive para siempre
Dios no se pasa la vida recordándote lo malo que hiciste para mantenerte atada a la culpa. Su amor es paciente, permanece y no deja de ser. Dios es amor (1 Juan 4:8) y Él vive para siempre.
Cómo dejar de sentir culpa y aceptar la gracia de Dios
¿Vives cargada de culpa?
Tu problema no es que el sacrificio de Cristo haya sido insuficiente, sino que todavía estás interpretando tu identidad desde tu pasado.
No fuimos perdonadas porque nuestro pecado fuera insignificante, sino porque la gracia de Dios es inmensamente mayor.
La gracia de Dios no fue entregada con reservas: “Solo si haces esto, entonces te perdono”. No. Pablo utiliza un lenguaje de abundancia: “Dios la derramó generosamente sobre nosotros”.
Esto significa que Dios no perdona de mala gana ni entrega una cantidad mínima de gracia. Su perdón nace de la abundancia de su carácter.
Amiga, puede que tu culpa haya sido generada por algo que tiene consecuencias a largo plazo. Tal vez estás viviendo con la culpa de algo que no es tan pequeño como mi ejemplo con mis hijos o de algo que ya no puedes corregir. Tal vez lo que hiciste tuvo consecuencias duras con las que has tenido que aprender a vivir y crees que estas ameritan que vivas con culpa.
Pero hoy quiero que finalmente comprendas que no tienes que vivir así, porque Jesús ya te liberó y llegará el día en que Dios restaurará por completo todo lo que el pecado quebró.
En Cristo, tu pecado puede explicar parte de tu historia, pero ya no tiene autoridad para definir tu identidad ni decidir tu destino.
Oremos.
Oración:
Padre Celestial, gracias por el sacrificio de Jesús en la cruz. Gracias por crear un plan de redención para librarnos de toda culpa. Tus planes son perfectos, tu amor es incomparable, tu gracia y misericordia sobreabundan. Queremos aceptar la libertad que nos ofreces, queremos quitarnos estas cadenas de culpa que nos impiden entregarnos completamente a ti y a tu plan de redención. Queremos aceptar que somos perdonadas, redimidas y que un día seremos hechas nuevas y restauradas completamente. No hay nada, nada, nada que podamos hacer que nos aleje de ti. Gracias por cuidarnos debajo de tus alas, por aceptarnos en tu familia y darnos un lugar en ella. Entregamos todo sentimiento de culpa a ti, padre, y nos declaramos libres gracias a la sangre de Jesús en la cruz. En el nombre de Jesús, amén.
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