¿Debo hacerme análisis aunque me sienta bien? La fe no ignora las señales del cuerpo
- Melissa Fortín

- Aug 14
- 7 min read

Lectura: Proverbios 27:12; Proverbios 22:3
Proverbios 27:12: “El prudente se anticipa al peligro y toma precauciones. El simplón sigue adelante a ciegas y sufre las consecuencias”.
Proverbios 22:3: “El prudente se anticipa al peligro y toma precauciones. El simplón avanza a ciegas y sufre las consecuencias”.
No normalices las señales de tu cuerpo
Mi abuelita se sentía muy mal, pero no quería molestar a nadie.
Se levantaba, hacía las cosas que normalmente hacía y procuraba mantenerse ocupada. Sin embargo, cuando nadie la estaba viendo, se iba a su cuarto y se acostaba.
Pero llegó un día en el que ya no podía más y se quedó acostada toda la mañana. Una de mis tías fue a revisar cómo estaba y la encontró ardiendo en fiebre.
La llevaron al hospital y le diagnosticaron una enfermedad conocida en Latinoamérica como dengue hemorrágico.
Hicieron todo lo que pudieron, pero mi abuelita duró solamente unos cuantos días. Después, Dios la llamó a su presencia.
Yo sé que hoy ella está disfrutando de platicar y reírse con Jesús, y espero que hasta de bailar con Él. Sin embargo, su partida me dejó una lección muy importante: no normalices tus síntomas ni los escondas “para no molestar”. No te creas más fuerte de lo que realmente eres.
Una mujer que siempre cuidaba de los demás
Amo hablar de mi abuelita Corina porque era una mujer tan, pero tan feliz, que hasta sus amigas, con quienes jugaba cartas todas las tardes, se veían tristonas y apagadas hasta que ella llegaba y encendía la chispa.
Su casa era el centro de todas las reuniones, desde que sus hijos eran niños hasta cuando los nietos la visitábamos. Cada vez que yo llegaba a su casa, me preguntaba:
“Ajá, ¿cuándo van a hacer una fiesta?”.
Los domingos, la música alegraba casi toda la cuadra. Rocío Dúrcal, Marco Antonio Solís, Juan Gabriel y, a veces, uno que otro artista más moderno sonaban a todo dar mientras ella caminaba por los pasillos y preparaba el almuerzo.
“¡Pacooooo!”, se escuchaba su grito a las doce del mediodía cuando llamaba a mi abuelito para que bajara a comer.
Y a lo lejos se escuchaba:
“Voy, voy”, con su voz ronca, un poco más lenta y calmada que la de ella.
Mi abuelita nació para servir a los demás. Siempre estaba pendiente de ayudar a quien fuera: a sus hijos, sus nietos, sus empleados y hasta a la persona que ocasionalmente llegaba a tocar el timbre de la casa para pedir comida.
Mi abuelita siempre estaba pendiente de los demás, y esto naturalmente hacía que dejara de estar pendiente de sí misma.
Muchas veces la vi cojeando de un pie y, cuando le preguntaba qué le pasaba, me contestaba que era el zapato o cualquier otra cosa menor, excepto el problema real.
No sé si tiene que ver con la manera en la que fueron criados nuestros abuelos, pero casi todas las mujeres de ese tiempo parecían tener la mentalidad de “hacerle gancho y no decir nada”.
Pero ¿está bien que seamos de esa manera? ¿Qué dice la Biblia?
La prudencia presta atención y toma precauciones
Los dos versículos que vemos hoy, Proverbios 22:3 y Proverbios 27:12, parecen una copia el uno del otro. Pero sabemos que, cuando algo se repite en la Biblia, no es pura casualidad ni tampoco un error. Es algo repetido intencionalmente para que no lo olvidemos y le demos la importancia que merece.
Proverbios 22:3: “El prudente se anticipa al peligro y toma precauciones. El simplón avanza a ciegas y sufre las consecuencias”.
Este proverbio contrasta dos maneras de vivir:
La persona sabia y la ingenua.
La humildad y el orgullo.
La diligencia y la negligencia.
La previsión y la impulsividad.
Las decisiones responsables y sus consecuencias.
¿Cuál de esas personas eres tú cuando se trata de tu salud?
¿Eres de las que sienten que algo no está bien con su cuerpo y buscan ayuda de un médico u otro profesional, o de las que dicen: “Esto se me va a pasar”?
¿Eres de las que siguen las indicaciones del médico o de las que dicen: “Este no sabe nada”?
¿Eres de las que se están muriendo de dolor, pero se aguantan y le hacen gancho, o de las que llaman a alguien para pedir ayuda?
La palabra “prudente” en hebreo se traduce como ʿārûm, que puede significar sensato, astuto, perspicaz o capaz de actuar con cautela. No describe a alguien paralizado por el miedo, sino a alguien que observa, discierne y toma medidas razonables.
Este proverbio presenta dos respuestas y nos muestra qué tipo de persona debemos procurar ser:
El prudente reconoce el peligro y toma precauciones.
El ingenuo continúa por el mismo camino y termina sufriendo las consecuencias.
No estoy juzgando a mi abuelita ni a ninguna otra mujer que ahora vive con el Señor por no haber hablado sobre sus síntomas. Solo ellas saben lo que vivieron y por qué actuaron de esa manera.
Pero sí puedo examinar mi propia vida y ajustar las tuercas de mi actitud y mi forma de actuar.
El orgullo también puede impedirnos pedir ayuda
¿En qué áreas de mi vida estoy permitiendo que el orgullo o el resentimiento me impidan pedir ayuda?
Muchas veces, las mujeres no pedimos ayuda porque creemos que:
No valemos lo suficiente.
No vamos a recibir ayuda de la misma manera en la que nosotras la damos.
No le importamos a nadie.
Esas tres razones tienen un matiz en común: están pintadas de orgullo.
Como mi mamá me repetía incansablemente cuando yo estaba creciendo: el orgullo es pecado.
Si el orgullo es pecado, no tiene lugar en nosotras mientras el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Dios es el principio de toda sabiduría. La sabiduría que viene de Dios nos lleva a reconocer nuestro orgullo, arrepentirnos y pedir ayuda con humildad.
¿Debo hacerme análisis aunque me sienta bien?
Aunque estos pasajes no hablan directamente sobre hacerme análisis aunque me sienta bien, sí establecen un principio bíblico legítimo:
La prudencia reconoce los riesgos, presta atención a las señales y toma medidas razonables antes de que aparezcan consecuencias mayores.
Tampoco se trata de vivir atemorizadas y hacernos un análisis cada vez que nos pica un mosquito. Esa sería una mujer dominada por el temor.
La mujer prudente dice: “No sé qué sucederá mañana, pero puedo cuidar responsablemente lo que Dios me confió hoy”.
La mujer atemorizada dice: “Necesito revisarlo todo constantemente porque siento que algo malo debe estar ocurriendo”.
Una se mueve por sabiduría; la otra puede estar reaccionando desde la ansiedad.
Hacerte un chequeo no significa que te falta fe
A mi abuelita no le gustaban los doctores y los evadía cada vez que podía. De nuevo, no puedo juzgarla porque solo ella sabía las experiencias que había tenido con los médicos.
Y, aquí en confianza, a veces también creo que ella ya quería irse con el Señor para volver a estar con mi abuelito. Él había partido mucho tiempo antes y ella nunca volvió a ser la misma desde que él se fue.
Tampoco puedo afirmar que evitaba ir al médico por miedo a encontrar algo.
Pero hacerte un chequeo no significa que esperas encontrar una enfermedad. Significa que reconoces que tu cuerpo es una responsabilidad que Dios puso en tus manos.
La fe no nos llama a ignorar lo que podemos observar. Nos enseña a actuar con prudencia y después confiarle a Dios aquello que no podemos controlar.
La prevención dice: “Voy a atender responsablemente lo que está bajo mi cuidado”.
El temor dice: “Necesito controlar cada posibilidad porque no confío en lo que podría suceder”.
La negligencia dice: “Prefiero no saber y continuar como si nada”.
La sabiduría bíblica evita ambos extremos: ni vive obsesionada buscando enfermedades ni ignora señales importantes.
La fe no ignora las señales del cuerpo
Si te preguntas: “¿Debo hacerme análisis aunque me sienta bien?”, recuerda que la prevención responsable no es lo mismo que vivir con miedo.
La mujer prudente presta atención a las señales de su cuerpo, busca la orientación adecuada y toma medidas razonables. Después de hacer lo que está bajo su responsabilidad, descansa en la soberanía de Dios.
Para cerrar, te dejo algunas preguntas sobre las que puedes reflexionar y orar hoy:
¿Estoy evitando un chequeo porque verdaderamente no lo necesito o porque tengo miedo de conocer el resultado?
¿Estoy cuidando mi cuerpo responsablemente o intentando controlar cada posibilidad?
¿Hay alguna señal de mi cuerpo que he estado ignorando?
¿Puedo tomar una decisión sabia y después descansar en la soberanía de Dios?
¿Mis decisiones de salud nacen de la sabiduría o de la ansiedad?
Oremos.
Oración:
Padre Celestial, gracias por darnos un cuerpo sabio que nos da todas las señales que necesitamos para poder cuidarlo. Perdónanos por muchas veces ignorar esas señales y no buscar la ayuda que necesitamos. Queremos vivir libres del miedo, del temor, de la ansiedad y la angustia. Sabemos que vivimos en un mundo caído donde podemos enfermarnos y donde habrá aflicción, pero también sabemos que tú estás con nosotras siempre y que cuando nos agarramos de Tu mano podemos vivir con valentía y seguridad en que nos sostienes. Danos la sabiduría necesaria para poder cuidar de nuestros cuerpos y administrarlos bien para tu gloria. Danos paz para aceptar Tu voluntad sobre nosotras y seguridad para tomar decisiones. En el nombre de Jesús, Amen.
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