Cómo clamar a Dios cuando siento que ya no puedo más
- Melissa Fortín

- Aug 28
- 9 min read

Lectura: Jeremías 33:3 y Salmo 61:1-2
Jeremías 33:3: “Clama a mí, y yo te responderé; te daré a conocer cosas grandes y maravillosas que tú no conoces”.
Salmo 61:1-2: “Dios mío, ¡escucha mi clamor! ¡Atiende mi oración! ¡Clamo a ti desde los confines de la tierra, pues ya mi corazón desfallece! Llévame a una roca más alta que yo”.
¿Alguna vez te has sentido emocionalmente debilitada?
Me refiero a ese momento en el que ya no puedes ni sentir. No tienes fuerzas para llorar ni puedes pensar con claridad. Solo quieres que eso que te atormenta desaparezca. Ya ni te reconoces. Parece que todos los días despiertas dentro de un mundo surrealista y no entiendes por qué te está pasando esto.
Probablemente, ya agotaste todas tus “orejas”, esas amigas que siempre están ahí para escucharte. Pero has hablado tanto del tema, la situación se ha repetido tantas veces o el problema “va para largo” y no parece terminar, que ya no quieres molestar a nadie contándole nuevamente lo que te aqueja.
¿Cómo clamar a Dios cuando te encuentras en ese punto, cuando estás tan agotada que ni siquiera sabes qué decirle?
Cuando el agotamiento te deja sin palabras
Anoche, mi esposo y yo veíamos una película en la que una pareja había naufragado.
Estaban sentados sobre el casco del barco, que todavía flotaba, pero estaba volcado. Después de seis horas bajo el sol, ya no podían ni hablar bien. Tenían la piel quemada y seca. Me imagino que, sin agua ni comida, estaban deshidratados y no tenían fuerzas ni para pronunciar una palabra.
Muchas veces, la vida nos hace sentir así.
Pasamos tanto tiempo bajo el peso del problema que nos aturde que ya no podemos decirles una palabra a quienes nos rodean y, a veces, tampoco podemos hablar con Dios.
Hoy veremos dos pasajes en los que encontramos a hombres enfrentando situaciones que sobrepasaban sus fuerzas y su comprensión, así como puede que te sientas tú hoy.
¿Cuál es la diferencia entre el cansancio físico y el cansancio mental?
Para ti, ¿cuál es peor?
¿Alguna vez has estado cansada física y mentalmente al mismo tiempo? Para mí, esa es la peor combinación.
Recuerdo mis primeras noches con mi primer hijo. Como mamá primeriza, no sabía ni dónde poner la cabeza. Estaba exhausta físicamente porque mi hijo no dormía y lloraba durante la noche y el día. Pero también estaba cansada mentalmente porque me atormentaba la preocupación de estar haciéndolo todo mal, de que mi bebé estuviera enfermo o de que hubiera algo que no estuviera bien con él.
La peor semana fue cuando mi esposo tuvo que irse de viaje de trabajo y me dejó sola durante tres días con un bebé resfriado. Yo sentía que iba a morir en la sala de mi apartamento con él en mis brazos. Lloré tanto que se me secaron los conductos lagrimales y ya no pude llorar más.
Cuando mi esposo regresó, no podía ni contarle cómo me sentía. Estaba drenada y sentía que no podía dar ni un paso más.
Recuerdo que aquella noche clamé tanto a Dios, en medio de mi llanto, pidiéndole que ayudara a mi bebé a dormir y me permitiera descansar al menos unas horas, que después tuve que callarme. Vivíamos en un apartamento pequeño, de una sola habitación, y pensé que los vecinos creerían que alguien me estaba matando.
¿Alguna vez te has sentido tan agotada emocionalmente que ya no quieres ni hablar?
Jeremías clamó a Dios desde una situación imposible
Jeremías también se encontró dentro de una situación que parecía no tener salida.
Jerusalén estaba sitiada por el ejército de Babilonia durante los últimos años del reinado de Sedequías. Jeremías, como profeta, había anunciado que la ciudad caería y que el rey sería entregado a los babilonios.
Pero ese no era el mensaje que el rey quería escuchar. Por eso, Sedequías ordenó que Jeremías permaneciera preso en el patio de la guardia.
Jeremías estaba encarcelado por decir la verdad. Era una situación completamente injusta.
Además, todo parecía perdido. Los babilonios ya estaban rodeando Jerusalén. Las casas estaban siendo derribadas para reforzar las defensas de la ciudad. Había destrucción, muerte y temor.
Básicamente, imagínate una guerra a todo dar.
En medio de la angustia, la incertidumbre y la prisión de Jeremías, Dios le habló y le dijo:
“Clama a mí, y yo te responderé; te daré a conocer cosas grandes y maravillosas que tú no conoces”.
“Clama a mí”: una invitación a buscar la perspectiva de Dios
Dios le dio a Jeremías un mandato: “Clama a mí” o “Llámame”.
En medio de aquello que Jeremías no comprendía y no podía resolver, Dios lo invitó a buscarlo y a escuchar lo que Él tenía que decir sobre Judá, Jerusalén y el futuro de su pueblo.
Jeremías no podía alcanzar esa perspectiva por sus propios medios. Necesitaba que Dios le revelara lo que él no podía ver.
Muchas veces, cuando estamos dentro del problemón que nos tiene aturdidas, llamamos a una amiga o a un familiar para que nos oriente y nos presente una salida.
Pero, a veces, nuestro problema es tan grande y la solución parece tan inalcanzable que la amiga a quien llamamos termina diciéndonos:
“No sé qué decirte, excepto que estoy aquí para apoyarte”.
Cuando eso sucede, he aprendido a verlo como una señal de humo de Dios que me dice: “Estás buscando en la persona equivocada la respuesta que solamente yo puedo darte”.
No porque mi amiga no me quiera ayudar ni porque esté mal pedirle apoyo, sino porque ella no posee todas las respuestas que estoy buscando.
El único que conoce completamente lo que está sucediendo es mi Padre celestial.
“Y yo te responderé; te daré a conocer cosas grandes y maravillosas que tú no conoces”.
Dios puede mostrarnos lo que no alcanzamos a comprender
En otras traducciones de la Biblia, esta frase aparece como “cosas grandes y ocultas”.
La palabra traducida como “ocultas” proviene del hebreo bāṣar, que comunica la idea de algo cerrado, fortificado o puesto fuera del alcance.
Esta palabra podía utilizarse para describir ciudades protegidas por murallas, aparentemente imposibles de conquistar. En este pasaje se usa figurativamente para hablar de realidades inaccesibles para Jeremías, cosas que él no podría descubrir por su propia capacidad.
La palabra “ocultas” no significa necesariamente que se trate de información que Dios se niega a compartir. Se refiere a cosas que Jeremías no podía alcanzar ni deducir a menos que Dios se las revelara.
Muchas veces, cuando estamos sumidas en un problema y ya no podemos verle ni pies ni cabeza, y nuestras amigas tampoco, Dios nos invita a clamar a Él porque solo Él posee una perspectiva completa.
Solamente Él puede mostrarnos lo que nosotras todavía no vemos.
Esto no significa que siempre nos revele inmediatamente la solución que deseamos.
Puede que la respuesta no llegue en el momento en que esperamos. También puede que no sea la que teníamos en mente.
Pero quiero que observes la seguridad que Dios transmite en estas palabras. No rechaza a Jeremías ni lo abandona en su confusión. Le dice con firmeza:
“Clama a mí, y yo te responderé”.
Dios posee el conocimiento que a nosotras nos falta
Es como cuando estamos haciendo un trámite gubernamental y pasamos por todas las ventanillas, pero nadie sabe explicarnos cómo resolver el problema ni entregarnos finalmente el documento que necesitamos.
Entonces nos encontramos en el pasillo con el jefe de la unidad, quien nos dice:
“Es que hubiera venido a mí primero. Esto se soluciona así…”.
En menos de cinco minutos, resuelve el problema.
Esa persona poseía el conocimiento, la autoridad y la experiencia que los demás empleados de aquella oficina no tenían. Sabía exactamente qué necesitábamos y tenía la capacidad para ayudarnos.
Amiga, Dios posee todo conocimiento y sabiduría. Él es quien da la sabiduría. Conoce cada detalle de tu problema y también conoce aquello que tú todavía no puedes ver.
Si Él quiere, puede cambiar una situación en un instante. Pero aun cuando su respuesta no llegue inmediatamente o no sea la que esperábamos, podemos confiar en que su perspectiva es más alta y completa que la nuestra.
Cuando no alcanzamos a comprender lo que está sucediendo y estamos tan exhaustas que ya ni orar ni llorar podemos, podemos clamar a Dios.
Él nos escucha.
David clamó a Dios cuando su corazón desfallecía
David también vivió situaciones que sobrepasaron sus fuerzas. Luchó en batallas, fue perseguido por el rey Saúl y, años después, enfrentó la rebelión de su propio hijo.
El Salmo 61 no identifica con exactitud cuál de esas circunstancias estaba atravesando David cuando lo escribió. Sin embargo, sus palabras revelan que se sentía lejos, abrumado y necesitado de seguridad.
“Dios mío, ¡escucha mi clamor! ¡Atiende mi oración! ¡Clamo a ti desde los confines de la tierra, pues ya mi corazón desfallece! Llévame a una roca más alta que yo”.
Podemos ver en este texto que David se sentía lejos de donde deseaba estar, emocionalmente debilitado y necesitado de refugio.
Piénsalo: David era soldado, guerrero, rey y líder. Había enfrentado animales salvajes, gigantes y ejércitos. Debió haber sido un hombre fuerte y capaz de mantener la calma para librar batallas y dirigir una nación.
Pero, en ese momento, estaba emocionalmente exhausto. Estaba rogándole a Dios con todo su ser que escuchara su clamor y lo llevara a un lugar seguro.
¿Qué significa clamar a Dios?
La palabra “clamor” en el Salmo 61 proviene del hebreo rinnāh. Puede expresar un grito de súplica, una petición intensa o una expresión profunda de dolor y necesidad.
Esta no es una oración distante, mecánica ni ensayada. Es la voz de alguien cuya necesidad interior ya no puede permanecer escondida.
David está diciendo:
“Dios, escucha esta súplica que está saliendo de lo más profundo de mí”.
Cuando llega ese momento en el que ya no queremos “molestar” a nuestras amigas con nuestros problemas porque creemos que ya deberíamos haberlos superado, o pensamos que primero debemos calmarnos y ordenar nuestras emociones, podemos recordar las palabras de David:
“Ya mi corazón desfallece”.
David no dice: “Clamaré cuando haya organizado mis emociones”.
En esencia, dice:
“Clamaré precisamente cuando mi corazón esté tan abrumado que ya no pueda ver con claridad”.
Buena noticia, amiga: no tienes que ordenar primero tus emociones para acercarte a Dios.
Puedes acudir a Él mientras todavía estás confundida, llorando, agotada o ansiosa.
David sabía que no podía elevarse por sí mismo. Por eso le pidió a Dios que lo llevara a una roca más alta que él, a un lugar firme y seguro que no podía alcanzar con sus propias fuerzas.
David era rey, guerrero y líder, pero reconocía que necesitaba algo superior a su experiencia, autoridad, inteligencia y capacidad.
¿A quién le estás pidiendo que te eleve a esa roca más alta? ¿A tus amigas, que tienen capacidades limitadas, o a Dios, quien creó los confines de la tierra?
Entonces, ¿qué significa realmente clamar a Dios?
Basándonos en estos dos pasajes, clamar a Dios es dirigir hacia Él una súplica sincera y urgente cuando nuestra fuerza, comprensión o capacidad ya no son suficientes.
Clamar contiene cuatro movimientos:
1. Reconozco mi límite
“Mi corazón está desfalleciendo”.
Clamar comienza cuando reconocemos que no tenemos que fingir que somos fuertes ni que podemos resolverlo todo solas.
2. Dirijo mi necesidad hacia Dios
“A ti clamaré”.
No escondo mi dolor ni lo deposito únicamente en otras personas. Primero, dirijo mi necesidad hacia Dios.
3. Pido su intervención
“Respóndeme y llévame”.
Le digo claramente a Dios lo que necesito, aunque no sepa cómo debería resolverlo.
4. Confío en una perspectiva y seguridad superiores
“A la roca que es más alta que yo”.
Reconozco que la perspectiva, la sabiduría y el refugio de Dios están por encima de mis propias capacidades.
Cómo clamar a Dios cuando no encuentras las palabras
Clamar no necesariamente significa gritar.
Puedes clamar en silencio, mientras lloras, escribiendo una oración o pronunciando solamente estas palabras:
“Señor, ayúdame”.
La intensidad bíblica del clamor no se mide únicamente por el volumen de la voz, sino por la honestidad, la urgencia y la dependencia del corazón.
En Jeremías 33:3, encontramos un clamor frente a aquello que no podemos comprender.
En el Salmo 61:1-2, encontramos un clamor frente a las cargas que ya no podemos sostener.
Y, amiga, no estoy diciendo que no puedas consultar ni pedir ayuda a tus amigas y familiares cuando tienes un problema. La Biblia enseña que en la multitud de consejeros hay seguridad.
Sin embargo, Dios le dijo a Jeremías:
“Clama a mí”.
Vamos a Dios primero. Buscamos su dirección primero y colocamos su Palabra por encima de cualquier otro consejo.
Muchas veces tenemos la bendición de contar con amigas que aman tanto a Dios que su consejo está fundamentado directamente en su Palabra. Si tienes amigas así, atesóralas, cuídalas y procura ser también esa clase de amiga.
Pero recuerda que ellas no ocupan el lugar de Dios.
Clama a Dios: Él puede llevarte a una roca más alta
Cuando ya no puedas más, clama a Él.
Dios puede mostrarnos lo que no alcanzamos a ver y llevarnos al refugio que no podemos alcanzar solas.
Quizás hoy no tengas una oración hermosa. Tal vez ni siquiera puedas formular una oración completa. Pero puedes decir:
“Señor, mi corazón desfallece. Escucha mi clamor y llévame a una roca más alta que yo”.
Para nuestra oración de hoy, quiero que repitas textualmente las palabras de David.
Clámalas cuantas veces sea necesario:
“Dios mío, ¡escucha mi clamor! ¡Atiende mi oración! ¡Clamo a ti desde los confines de la tierra, pues ya mi corazón desfallece! Llévame a una roca más alta que yo”.
En el nombre de Jesús, amén.
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