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¿Cuánto pesa tu pecado?

4 days ago
9 min read
¿Para qué sirve la fe?

Lectura: Efesios 2:11-13; 1 Pedro 2:24


Efesios 2:11-13

11-12 Los judíos los llaman a ustedes «los no circuncidados», y ellos a sí mismos se llaman «los circuncidados», pues se circuncidan en el cuerpo. Ustedes no son judíos, y deben recordar que antes no tenían a Cristo ni eran parte del pueblo de Israel. Tampoco formaban parte del pacto ni de la promesa que Dios hizo con su pueblo. Vivían en este mundo sin Dios y sin esperanza. 13 Pero ahora ustedes, que estaban lejos de Dios, ya han sido acercados a él, pues están unidos a Jesucristo por medio de su muerte en la cruz.


1 Pedro 2:24 NVI:

24 Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados.


¿Cuánto pesa tu pecado?


¿Cuánto pesa tu pecado? Si tuvieses que adivinar, ¿cuántas libras dirías que pesa? ¿O tendrías que pasarte a toneladas para poder medirlo bien?


Si soy honesta, yo no creo que pueda medir el mío. He pecado tanto que no recuerdo muchos de mis pecados. Estoy segura de que hoy mismo voy a pecar. No sé cómo, pero sé que está garantizado que lo haré.


Antes de comenzar el episodio de hoy, necesito pedirte que consigas algunas cosas.

Busca una mochila o un bolso resistente. También necesitarás varias piedras de distintos tamaños. Si no tienes piedras, puedes utilizar objetos pesados que tengas en casa, como libros, paquetes de arroz o incluso algunas mancuernas pequeñas.


También quiero que tengas cerca una hoja de papel y un lápiz.


Hoy no solamente vamos a escuchar la Palabra de Dios. Hoy vamos a hacer un ejercicio que podría resultar incómodo, porque nos obligará a mirar de frente algo que normalmente tratamos de esconder, justificar o ignorar: nuestro pecado.



La maleta que llevamos por la vida


Pronto, mi familia y yo nos iremos de viaje. Somos cinco personas con múltiples maletas.


Si eres viajera, seguramente empacas tus maletas de forma estratégica, porque todos sabemos que lo más importante es no pasarse del peso designado por la aerolínea para cada maleta. Si te pasas del peso, pagarás un precio muy caro.


Hemos querido llevarles muchas cosas a la familia y a los amigos, pero, con tres niños, se hace más complicado encontrar espacio para esas cosas sin sobrecargar las maletas y tener que pagar ese precio.


En la vida vivimos algo parecido. Todos los días “empacamos nuestra maleta” con el peso de todo lo que hacemos y vivimos. Lo que pesa más es nuestro pecado. Mientras vivimos alejadas de Cristo, nos pasamos la vida cargando con ese pecado de aquí para allá.


Entonces comienza a dolernos la espalda, nos da ansiedad, sufrimos ataques de pánico y nos amargamos porque ya no podemos más.


Hasta que un día nos quitan el velo de los ojos y nos damos cuenta de que Cristo, cuando murió en la cruz, nos quitó la maleta llena de pecado y comenzó a cargarla Él.


Literalmente nos dijo: “No te voy a cobrar exceso de equipaje. Es más, no te voy a cobrar nada por el equipaje. Lo único que quiero es tu corazón; ven a mí sin cargas”.


Hoy, tú y yo haremos un ejercicio que nos ayudará a dejar las maletas y viajar sin carga ni costo alguno.


Pero antes de continuar, necesito aclararte algo: este ejercicio no tiene el propósito de avergonzarte ni de castigarte. Tampoco quiero que termines este episodio sintiéndote más culpable que cuando comenzaste.



Quiero que puedas sentir, aunque sea de una manera muy limitada y simbólica, el peso de aquello que Jesucristo decidió cargar por ti.


Un ejercicio para representar cuánto pesa tu pecado


Coge la hoja de papel y el lápiz que te pedí al inicio. Ahora, como título, vas a colocar “Mis pecados” y comenzarás a escribir los pecados que puedas recordar. Escríbelos todos, toditos.


No tienes que compartir esta lista con nadie. Es algo privado entre tú y Dios.


Quizás escribas una mentira que dijiste hace años. Una traición. Una relación que sabías que no agradaba a Dios. La manera en que heriste a alguien. El rencor que todavía guardas. Tu orgullo. Tu envidia. Aquello que hiciste en secreto. Algo que nadie más sabe, pero que todavía regresa a tu mente y te hace sentir vergüenza.


No necesitas escribir detalles que te hagan revivir un trauma. Es suficiente con escribir una palabra que tú y Dios puedan comprender.


Ahora, al lado de cada pecado, escribe un número: uno, dos o tres.


Pero escucha cuidadosamente: el número tres no significa que ese pecado sea más difícil de perdonar para Dios. La sangre de Cristo no pierde poder frente a determinados pecados. La puntuación representa cuánto pesa todavía ese recuerdo sobre tu corazón.


Uno representa algo que ya casi no pesa sobre ti.


Dos representa algo que todavía te incomoda o te produce culpa.


Tres representa aquello que todavía te cuesta mirar; eso que te hace preguntarte si Dios verdaderamente pudo perdonarte.


Ahora vamos a coger la mochila y algunos objetos que encuentres por tu casa, o piedras si estás en un jardín.


Por cada número uno, coloca en la mochila un objeto pequeño. Por cada número dos, coloca uno mediano. Por cada número tres, coloca uno más pesado.


No sobrecargues la mochila ni utilices un peso que pueda lastimarte. Este no es un reto físico y no tienes que demostrarle nada a nadie.


Cuando termines, levanta la mochila con cuidado. Si puedes hacerlo de manera segura, colócala sobre tus hombros y camina lentamente durante uno o dos minutos.


Mientras caminas, piensa en esto:


Esa mochila solamente representa los pecados que tú lograste recordar. No contiene todos los pecados que has cometido. No incluye cada pensamiento, cada palabra, cada motivación equivocada ni cada acto de desobediencia que ya olvidaste.

Y aun así, pesa.


Ahora imagina que esa mochila contuviera todos los pecados de toda tu vida.


  • ¿Cuánto pesaría?

  • ¿Cuánto tiempo podrías cargarla?

  • ¿Hasta dónde lograrías caminar antes de tener que detenerte?

  • ¿Cuánto pesa tu pecado?


Jesús llevó nuestros pecados en su cuerpo


1 Pedro 2:24 dice:

“Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados.”

La palabra griega que Pedro utiliza para decir que Jesús “llevó” nuestros pecados es anaphérō. Significa tomar algo sobre uno mismo, llevarlo como una carga y también presentar una ofrenda sobre un altar.


Jesús no cargó piedras físicas dentro de una mochila. Cargó algo mucho más terrible: asumió nuestra culpa, nuestra condena y el castigo que nuestros pecados merecían. Y no lo hizo simbólicamente. Lo hizo en un cuerpo verdadero.


Su espalda recibió los azotes.

Sus manos y sus pies fueron atravesados.

Su sangre fue derramada.

Su cuerpo fue levantado sobre el madero.


Aquello que era espiritualmente invisible dejó heridas físicamente visibles sobre el cuerpo de Jesús.


Ahora quiero que mires nuevamente esa mochila.


Eso que escribiste no solamente te hacía sentir culpable. Eso te mantenía lejos de Dios.


El pecado nos mantenía lejos de Dios


Efesios 2:11-12 dice que antes de Cristo estábamos separadas, excluidas, ajenas a las promesas, sin esperanza y sin Dios en el mundo.


No estábamos lejos porque Dios se hubiera escondido de nosotras. Estábamos lejos porque el pecado había creado una separación que jamás habríamos podido cruzar con nuestras propias fuerzas.


No podíamos acercarnos siendo mejores mujeres.

No podíamos borrar nuestro pasado haciendo más buenas obras.

No podíamos pagar nuestra deuda comportándonos bien durante el resto de nuestra vida.


Estábamos lejos y no teníamos cómo regresar.


Pero entonces llega Efesios 2:13 con dos de las palabras más hermosas de toda la Biblia:


“Pero ahora…”.


“Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo.”

Primera de Pedro nos muestra el precio de nuestro acercamiento: Jesús llevó nuestros pecados en su cuerpo.


Efesios nos muestra el resultado: quienes estábamos lejos fuimos acercadas por su sangre.


Él cargó lo que nos mantenía lejos para abrirnos el camino hacia Dios.


Cargó nuestra culpa para darnos perdón.


Cargó nuestra condena para ofrecernos reconciliación.


Murió como el rechazado para recibirnos dentro de la familia de Dios.


¿Por qué sigues cargando lo que Jesús ya llevó?


Ahora quítate la mochila.


Déjala en el suelo.


Mírala por un momento y escucha esto: si has puesto tu fe en Jesucristo, esa carga ya no te pertenece.


No tienes que seguir castigándote por aquello por lo que Jesús ya fue castigado.


No tienes que continuar pagando una deuda que Él declaró completamente pagada.


No tienes que vivir lejos de Dios cuando la sangre de Cristo ya te acercó.


Jesús no cargó tus pecados hasta la mitad del camino para después devolvértelos. Los llevó hasta la cruz.


La pregunta no es si tú puedes continuar cargando esa mochila.


La verdadera pregunta es: ¿por qué sigues cargando aquello que Jesús ya llevó por ti?

Amiga, los pecados pesan.


Mis pecados pesan.


Pero solo pesan cuando intentamos cargarlos nosotras mismas.


Así como cuando nos bajamos del carro y nuestro hijo de dos años quiere cargar todas las bolsas del supermercado para ayudarnos, pero vemos que físicamente no puede, así mismo hizo Jesús con nosotras.


Nos ve luchando y luchando por intentar cargar el peso de la vida por nosotras mismas y nos dice: “Ven a mí, que yo te haré descansar”.


Ese “ven a mí” no es solo una ayuda momentánea. No significa que Jesús te cargue temporalmente la cartera porque te duele la espalda y luego te la devuelva.

Jesús ya cargó con todo y te dijo que no lo necesitas más. Que lo único que necesitas llevar en tu viaje es a Él.


Que lo único que necesitas para llegar a tu destino es Él.


Pero muchas veces insistimos en seguir cargando la mochila.


Darle la mochila no significa que ya no pecaremos más. Significa que le entregamos todo nuestro pecado y aceptamos su ayuda para vivir una vida santificada. Significa que ya no intentamos cargar ese peso por nosotras mismas, porque Él ya nos dio permiso, por medio de su sacrificio en la cruz, para entregarle las maletas y viajar sin ellas.


Cristo ya pagó tu entrada


¿Alguna vez intentaste entrar en algún club o discoteca y el portero no te dejó entrar?


La verdad, yo nunca entendí las razones que tenían para dejar entrar o no dejar entrar a alguien, pero, si tú no cumplías con esos “requisitos”, no te dejaban entrar.


Así estábamos nosotras, frente a la “discoteca”, es decir, el cielo. No cumplíamos los requisitos de santidad para poder entrar. Nuestra mochila estaba sobre nuestra espalda y nuestros pecados estaban a flor de piel. No había ninguna oportunidad de que entráramos.


Ni aunque nos arregláramos bonitas, ni aunque nos creciera el pelo, ni aunque pagáramos una fortuna. Nada sería suficiente para obtener la entrada, porque no éramos lo suficientemente limpias.


Pero entonces vino Cristo, el caballero de caballeros, y dijo: “Déjenla pasar. Yo ya pagué su entrada para siempre”.


Amiga, Dios te está dando la entrada. Cristo ya pagó el precio. No tienes que desembolsar nada, no tienes que cargar con la culpa y no tienes que continuar martirizándote por tu pasado. Cristo ya hizo borrón y cuenta nueva.


Lo único que tienes que hacer es soltar esa mochila y entregársela.


Una oración para entregarle tu carga a Jesús


Si aún no la has soltado, pero quieres hacerlo hoy, puedes hacer esta pequeña oración. No tienes que ir a una iglesia, no tienes que ir a confesarte, no tienes ni que decirla en voz alta si estás rodeada de personas. Dila en tu mente, en tu corazón. Dios puede escucharte.


“Padre Celestial, reconozco que no puedo cargar con esta mochila pesada llena de pecados. Tu Palabra dice que mi pecado me ha dejado fuera de tu familia, que no puedo entrar porque no soy libre de él, pero también dices que Jesús ya pagó por mí con sangre, por medio de su sacrificio en la cruz y yo creo en eso, creo en Él y quiero ser libre de esta carga que me mantiene anclada. Líbrame de la culpa, límpiame de mi pecado y hazme blanca como la nieve. Acepto que no puedo hacerlo sola y que necesito de ti. En el nombre de Jesús, amén.”

Entonces, ¿cuánto pesa tu pecado?


Y si tú ya aceptaste al Señor y dijiste alguna vez esta oración, pero sigues cargando con esa mochila pesada, hoy es el día en que la vacías toda y se la entregas a Él. Ya no cargues más con ella. No es necesaria.


¿Cuánto pesa tu pecado?


Nada, amiga, nada.


Porque Cristo ya vació la mochila.


PODCAST:



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