top of page

Deja de sufrir y sudar calentura ajena

mujer sudando calentura

Lectura: Isaías 53:4-5


¿Recuerdas cuando estabas en el colegio y a tu mejor amiga la traicionaba el novio y tu dejabas de hablarle al novio y lo maldecías por consideración a tu amiga? ¿Sudabas calentura ajena?


Bueno, si no te pasó, a mí sí. Eso se llama “sudar calentura ajena.” Básicamente significa que tú sufres lo que la otra persona sufre, aunque tú no tengas nada que ver en el asunto.


Después de crecer y recibir (y aceptar) muchos consejos, he dejado de sudar calenturas de otros. Excepto, las de mis hijos. Con ellos no te metas porque no solo la sudo, sino que la sangro y te hago que la sudes tú también. (Mamá oso en acción).


Cuando recuerdo algunos ejemplos concretos de “sudar calenturas ajenas” hasta hago “cringe” (si no sabes lo que esta palabra significa, te invito a unirte al mundo Gen Z). Hasta me río pensando en las cosas que sufrí por gusto, sin realmente haber una necesidad.


Hoy en día ni me molestaría en meterme en esas “camisas de 11 varas” y complicarme la existencia. Principalmente porque esas personas ya no forman parte de mi vida, o me traicionaron a mi, o simplemente porque el problema no era un verdadero problema.


Es decir, yo no me metería en problemas ni mucho menos daría mi vida por ninguna de estas personas. Y, apuesto a que tú también tienes experiencias similares.


Dos personas que sí sudaron calentura ajena:


En este pasaje, hay dos personas que sufren calentura ajena. Pero, estas si valen la pena sudarlas.


Isaías, que vivió unos 700 años antes del nacimiento de Jesús, (y esta es mi opinión personal) al escribir todo esto seguramente estaba sudándola grueso. Predecir proféticamente la muerte de Jesús no ha de haber sido nada fácil, especialmente porque sus palabras no eran suyas sino que provenían de Dios. Es decir, eran 100% purita verdad. Hasta se me enchina la piel.


La segunda persona, la más importante: Jesús, fue el que literalmente sudó TODAS las calenturas ajenas. Las tuyas, las mías, las de tus personas tóxicas (uy…qué difícil), las de tus hijos, tus nietos, tus bisnietos, tus tataranietos, etc. ya me entiendes.



Jesús cargó nuestros dolores


hombre cargando su cruz

En el verso 4 dice que “cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores.” Yo me vengo quejando de un dolor de cuello desde el 2009, que se viene y se va, y me estorba la vida. En temporadas no me deja ni dormir tranquila. También tengo problemas para respirar por la nariz. Mi esposo tiene un dolor de muela extraída. Mi hijo menor se raspó la pierna y el brazo ayer que salimos a caminar. Mi papá tiene un marcapaso. Mi mamá sufre de dolor de articulaciones. Mi abuelita tenía artritis. Mi vecina tiene cáncer de piel. 


Podría seguir y seguir con los dolores y enfermedades que tienen todas las personas a mi alrededor y me abrumo de solo saberlo, mucho menos cargar con ello. Osea, yo me abrumó con 3 niños. Jesús se abrumó (por decisión propia) por 8.2 billones de personas (hoy en día).



El amor incondicional no es natural para nosotros


Cuando le contaba los problemas de mis amigas a mi nana (la que me cuidaba en mi casa) me decía, “dejá de sufrir calenturas ajenas, no valen la pena.” 


No valen la pena. ¿Tu familia vale la pena? ¿Tus amigas valen la pena? El amor incondicional no es parte de nuestra humanidad. No, ni con nuestros hijos, porque hay días en que queremos zarandearlos y mandarlos a pasear. No es nuestra naturaleza, porque somos, por nacimiento, llenos de pecado. 


Reconocer el amor incondicional es algo que nos cuesta mucho. Comenzamos a dudar, “hmm, este quiere algo.” Y en ese tiempo, también les pasó lo mismo. Cuando la gente vió a Cristo muriendo en la cruz, consideraron que era Dios quien lo estaba castigando porque Él había hecho algo malo. 


Pero no, no era esa la razón. La razón éramos tú y yo y nuestra calentura siendo sudada por el siervo más humilde, noble y perfecto que esta tierra haya visto.


Jesús decidió cargarlo todo

Jesús muriendo en una cruz

Mira, voy a ser 100% honesta. Siempre se hace la pregunta, “¿Morirías por tus hijos?” Y sé que la respuesta políticamente correcta y aceptada por el gremio de madres es, “Sin pensarlo.” Pero la verdad es que nunca sabes si realmente lo harás hasta que llegue el momento (que ojalá nunca llegue.) No me quiero poner filosófica ni nada pero, ¿qué pasa si tienes más de un hijo? ¿Morirías por uno y dejarías a los demás huérfanos? ¿Qué decisión tomarías? Yo al menos, no lo sé. Espero que nunca llegue ese momento en mi vida (ni a la tuya).


Jesús decidió ser herido, mutilado, castigado. Palabra clave: decidió. No solo en su carne (cuerpo) sino también emocional y físicamente. Lo humillaron, lo juzgaron, lo separaron, lo rechazaron. ¿Te imaginas su angustia mental y emocional esa noche antes de que lo crucificaran, cargando y recibiendo cada uno de nuestros problemas? Literalmente sudó sangre de la angustia. Osea, si hablamos de sudar calentura ajena, la temperatura de Jesús en ese momento debió haber sido 8.2 a la potencia billón.


Hay días en los que yo no quiero saber de nadie. Estoy tan ofuscada y abrumada con mis propios problemas que siento que mi mente y mi corazón no pueden cargar con los problemas de otros. Y Jesús dijo: échelos pa ca! Yo me los llevo…los problemas de 8.2 billones de personas, yo me los cargo como una mula.


El castigo fue por amor


El castigo que merecemos nosotros (la muerte y separación eterna de Dios) lo sufrió Él. ¿Por qué? POR PURITO AMOR. Porque te ama más que nadie te podrá amar jamás. Te ama más de lo que tú amas a tus hijos. 


El sudó la última calentura, y con cada gota de sudor nos reconcilió con Dios. Nos restauró, nos completó, nos sanó cada una de nuestras heridas. Gracias a sus heridas fuimos sanados.


Pero, aquí no termina la cosa. La única forma en que vas a recibir completa sanidad (física, emocional, espiritual) es si recibes y aceptas que Él sudó tus calenturas. Si le permites entrar en tu vida y perdonarte.  Él es un caballero (ah, y no era guapo ni interesante, lee el mismo capítulo versos 2 y 3 por si no me crees), y toca tu puerta, pero espera pacientemente afuera hasta que lo dejes entrar y quedarse para siempre.


Amiga, la única forma de entrar al cielo y vivir una eternidad con Dios el día en que te mueras, es que dejes de sudar tu propia calentura y se la entregues a Él. No hay NADA que tú puedas hacer que sea suficientemente bueno para que te ganes el cielo. No es un salario, no es un premio, no es una competencia. Es un acto de rendición completa.


Tu calentura se sana con Jesús. PUNTO Y FINAL (y café con tamal).



👉 Únete Aquí a nuestro chat GRATIS en WhatsApp, recibirás todos los devocionales de Lunes a Viernes.


Comments


bottom of page