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Una verdadera líder no lo hace todo: Parte 1 de 3

Mujeres resentidas la una con la otra


Lectura: Efesios 4:12-16

12 Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo 13 hasta que todos lleguemos a estar unidos por la fe y el conocimiento del Hijo de Dios, y alcancemos la edad adulta, que corresponde a la plena madurez de Cristo. 14 Ya no seremos como niños, que cambian fácilmente de parecer y que son arrastrados por el viento de cualquier nueva enseñanza hasta dejarse engañar por gente astuta que anda por caminos equivocados. 15 Más bien, profesando la verdad en el amor, debemos crecer en todo hacia Cristo, que es la cabeza del cuerpo. 16 Y por Cristo el cuerpo entero se ajusta y se liga bien mediante la unión entre sí de todas sus partes; y cuando cada parte funciona bien, todo va creciendo y edificándose en amor.


—Yo quiero ser el Big Boss —me dijo mi hijo de cinco años.


—¿Por qué quieres ser el Big Boss? —le pregunté.


—Porque así puedo hacer lo que yo quiera y decirles a todos lo que tienen que hacer, como tú y papá.


¡Me fui PLOP, como Condorito!

Sus palabras me dejaron pensando durante varios días. ¿Será que mis hijos me ven como una dictadora que solamente da instrucciones y hace lo que quiere?


Dar instrucciones, corregir, dirigir y delegar son partes necesarias de la maternidad. Pero ¿eso es todo lo que significa liderar? ¿Es esa la clase de liderazgo que Dios espera de nosotras como mamás?


Entonces reconocí algo que ha prevalecido en mi familia durante muchos años: sabemos mandar y corregir, pero no siempre sabemos preparar a otros para que crezcan.


¿Estamos siendo las líderes que Dios nos creó para ser? En esta primera parte de la serie aprenderemos por qué una verdadera líder no lo hace todo, sino que prepara a otros para cumplir su propia función.



Una verdadera líder no busca controlarlo todo


Al parecer, mi hijo está obsesionado con convertirse en el Big Boss. Días después me preguntó si podía pedirle a Dios en oración que lo hiciera como Él. Mi corazón se enterneció porque pensé: “Mi hijo quiere ser como Jesús. ¡Qué lindo!”.


Pero cuando le pregunté por qué quería ser como Dios, respondió:
—Porque quiero mandar a todos y hacer lo que yo quiera.

¡Otra vez me fui PLOP!


Tal vez sea el síndrome del hermano de en medio. Las que crecieron en esa posición tendrán que explicármelo, porque yo fui la primogénita y veo la vida desde una perspectiva completamente diferente.


Desde pequeña, yo también asociaba el liderazgo con el poder y el estatus. Soñaba con ser la CEO de una gran empresa: quería el dinero, el apartamento lujoso en una ciudad grande, el carro y, sobre todo, la ropa. Me imaginaba usando stilettos y trajes ejecutivos, con una colección al estilo Victoria Beckham.


En algún momento Dios me concedió los stilettos, pero hasta ahí llegó aquel sueño. Yo soñaba con liderar una empresa; sin embargo, Dios tenía otros espacios de liderazgo para mí. Y aunque tal vez tú nunca hayas soñado con ser CEO, Dios también te ha colocado en lugares donde tu influencia puede ayudar a otros a crecer.


El liderazgo según Efesios 4:12-16


Ayer, mientras estaba en la iglesia, este pasaje vino con tanta claridad a mi mente que comprendí que debía estudiarlo en tres partes. Hoy comenzaremos con el versículo 12 y con una verdad fundamental: el propósito del liderazgo no es hacerlo todo, sino preparar a otros para servir.


Antes de estos versículos, Pablo explica que Cristo dio diferentes dones y funciones a la iglesia: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Su responsabilidad no era realizar solos toda la obra del ministerio, sino equipar a los creyentes para que cada uno participara en el servicio y en la edificación del cuerpo de Cristo.


Ese es el contexto inmediato de Efesios 4:12-16: cada miembro del cuerpo tiene una función. Cuando todos son equipados, maduran espiritualmente y aportan lo que Dios les dio, toda la iglesia crece.

El principio también puede aplicarse a los lugares donde Dios nos permite influir: una verdadera líder no acapara todas las responsabilidades. Enseña, guía y prepara a otros para que también cumplan su función.


Una verdadera líder no lo hace todo: equipa a otros para crecer


Una verdadera líder no lo hace todo. Dios no te llamó a hacerlo todo.


Este tema es muy cercano a mí. Como primogénita, crecí creyendo que debía tener todo bajo control y, peor aún, que debía controlarlo todo. Esa manera de pensar se trasladó a mis trabajos, a mis proyectos universitarios, a mi negocio y, finalmente, a mi casa y a la crianza de mis hijos.


Más de una vez me he descubierto actuando como esa “dictadora que da instrucciones”: quiero supervisarlo todo y asegurarme de que se haga exactamente como yo lo haría. Eso es lo que mi hijo, especialmente el de en medio, ha comenzado a identificar como liderazgo: hacerlo todo y mandar a todos.


Pero Dios no nos creó para funcionar de manera independiente ni para convertirnos en la cabeza de todo. Él nos equipó de formas distintas para que fuéramos miembros del cuerpo de Cristo, cuya única cabeza es Jesús.


Los líderes mencionados por Pablo debían preparar a los creyentes para la obra del servicio. De este pasaje podemos extraer un principio importante: liderar también significa equipar a otros para que desarrollen sus dones, asuman responsabilidades y aprendan a servir.


El trabajo de una líder es desarrollar líderes


Hace algunos años, cuando trabajaba en Honduras, asistí a una reunión con uno de nuestros clientes: Cargill. Para convertirnos en sus proveedores, debíamos aceptar y estudiar su manual de conducta.


Una de sus cláusulas captó mi atención. Decía algo parecido a esto: “La misión principal de un gerente es desarrollar líderes en su área”. Tal vez estoy macheteando las palabras exactas, pero esa era la idea central.


Años después escuché el mismo principio en el podcast de John C. Maxwell, uno de los referentes más conocidos en liderazgo: un buen líder desarrolla a otros líderes.


Esa idea quedó plantada en mi mente. La promueve una gran empresa, la enseñan expertos en liderazgo y, más importante aún, encontramos su fundamento en la Palabra de Dios: quienes han sido equipados no deben concentrar todo el trabajo, sino preparar a otros para servir y crecer.


Muchas mujeres confundimos el liderazgo con cargarlo todo: organizar, resolver, supervisar y rescatar. Sin embargo, cuando una líder lo hace todo, las personas que la rodean nunca reciben la oportunidad de aprender, equivocarse, asumir responsabilidades y desarrollarse.

Cómo desarrollar líderes comenzando en casa


Entonces, ¿qué puedes hacer hoy para comenzar a desarrollar a otros?


Piensa en los diferentes espacios donde Dios te ha permitido influir:


  • Tu hogar

  • Tu trabajo o negocio

  • Tu iglesia

  • Tu comunidad


No tienes que transformar todas esas áreas al mismo tiempo. Escoge solamente una.


Si tienes hijos que todavía viven contigo, comienza por preguntarte: ¿cómo puedo prepararlos para que algún día sean capaces de liderar y servir dentro de sus propios hogares y entornos?


Tengo tres hijos varones. Dios nos dio a mi esposo y a mí una responsabilidad enorme, pero también nos ha dado la capacidad y los recursos necesarios para cumplirla. A lo largo de su crecimiento, Él me ha enseñado que una de las mejores maneras de prepararlos para liderar es hacer lo siguiente:


  1. Enseñarles el camino de Dios.“Instruye al niño en el camino que debe seguir, y aun cuando sea viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).


  2. Escucharlos más y hablarles con calma y amor. “Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos con disciplina e instrucción del Señor” (Efesios 6:4).


  3. No hacerlo todo por ellos. Debemos enseñarles a participar en las responsabilidades de la casa, permitirles cometer errores apropiados para su edad y guiarlos para que busquen soluciones antes de correr a rescatarlos. “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia” (Proverbios 21:5).


  4. Mostrarles que liderar significa servir. Nuestro ejemplo debe enseñarles que Dios no nos llamó a buscar nuestra propia gloria, sino a poner nuestros dones al servicio de los demás: “Así preparó a los del pueblo santo para un trabajo de servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12).


¿Estoy desarrollando personas o creando dependencia?


Hazte hoy esta pregunta:


¿Estoy ayudando a las personas que me rodean a crecer o las he acostumbrado a depender de mí?

Piensa en una responsabilidad que siempre asumes porque crees que nadie podrá hacerla tan bien como tú. Esta semana, enséñale a alguien cómo hacerla. Dale instrucciones claras, permite que lo intente y resiste el impulso de intervenir inmediatamente si no lo hace a tu manera.


El éxito de una verdadera líder no se mide por cuántas cosas logra hacer sola, sino por el crecimiento que produce en los demás. La meta final no es construir nuestra propia plataforma ni demostrar que somos indispensables. La meta es edificar el cuerpo de Cristo.


Mañana hablaremos de los trends que cambian constantemente y del peligro de permitir que cada nueva idea dirija nuestra manera de pensar. ¿Cómo puede una verdadera líder mantenerse firme cuando todo a su alrededor cambia? Eso lo veremos en la segunda parte.


Oremos.


Oración:

Padre Celestial, gracias por darnos dones únicos a cada una de nosotras. Tu forma de crearnos y prepararnos es tan especial y nunca podríamos haberlo preparado como tú. Queremos ser buenas líderes Padre, en nuestra casa, en la oficina, en la comunidad, en la iglesia y donde sea que tú nos pongas. Ayúdanos a desarrollar esos dones que nos has dado para poder desarrollar otros líderes y ponernos todos a tu servicio. Danos la sabiduría que necesitamos para aprender a cerrar la boca, escuchar más, delegar más y tener la paciencia necesaria para guiar a otros en su aprendizaje y desarrollo, especialmente si son nuestros hijos. Gracias por equiparnos y prepararnos. En el nombre de Jesús, Amén.


PODCAST:



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